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Adiós, papel, adiós

Los asilos de libros vuelven a la Plaza Nueva para su precioso y apasionado velatorio anual por los papeles antiguos y cuanto estos representan. Habrá ferias más alegres, pero no más conmovedoras

el 25 nov 2011 / 19:46 h.

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Al pasear por la feria más romántica de Sevilla, la de los libros antiguos y de ocasión, el alma indignada del individuo de letras lo agarra a este por las solapas, lo zarandea como a un pelele y le pega un grito en toda la oreja, para espetarle: No escribas más libros, adopta uno ya escrito. Una emoción que no tiene nada que ver con el célebre chiste del muy malaje cómico americano Fred Allen ("Nunca he podido comprender por qué una persona se tira dos años escribiendo una novela cuando puede comprar una por diez dólares"). En realidad, es otra cosa: es un sentimiento sobrecogedor de ternura ante tanta orfandad. Lo experimentará cuando recorra, uno tras otro, cada cual con su porte de maravillas, los 24 puestos de este fenómeno que se desvanecerá el 9 de diciembre, en vez de quedarse ahí para siempre.

Dicho sentimiento se parece más al de Guillermo de Baskerville, en el clímax de El nombre de la rosa, intentando salvar los ejemplares de la biblioteca en llamas. Porque, aunque aquí no arde nada, sí sucede metafóricamente: arde la economía. Por eso los espíritus nobles pero tiesos se andan contritos por allí; y se ve a los paisanos con los bolsillos chamuscados y apenas unas monedas para aliviar la necesidad de buena lectura (y algo más: ¿qué es ese algo más que uno persigue en esta feria? ¿Su infancia? ¿Qué cosa extraña y formidable?), sin saber qué llevarse y qué dejar: Cómo abandonar allí a su suerte el Madame Bovary de Flaubert en piel y por cuatro perras... pero entonces qué se hace con esa ganga de los Juegos de la edad tardía, esa joya sublime de Landero nuevecita que venden por cinco euros... o quién deja pasar el delicioso Diccionario de Botánica Oculta de Paracelso, o el anecdotario de Chaves Rey Ambientes de antaño ¡por dos euros!... O si no, esos libros escolares antiquísimos, originales, cuyo olor a papel barato se endulzó con el de los jabones y las yemas de los dedos de los niños con babi, tintero y muchísima hambre atrasada, hasta convertir sus hojas en una especie de pasta de penuria prensada. Hay tantísimo...

Están todos los grandes escritores cubiertos de polvo y de años con todas sus grandes obras. Pero también está ese algo más difícil de precisar y de definir, que tal vez sea lo siguiente: que aquello no es solo una feria de libros, sino, sobre todo, un monumento al papel. ¿Lo recuerda? Sí, hoy se puede uno pasar semanas sin tocarlo porque las nuevas tecnologías lo han hecho prescindible, ya sea para una partida de naipes, escribir una carta, leer los periódicos o tomar apuntes. Solo han dejado el higiénico, y a ver por cuánto tiempo. Pero, si hace memoria, descubrirá que el papel era el tacto de su vida, estaba presente a todas horas: en los juguetes de los niños, en las cartas de amor y de odio, en las aulas y bibliotecas de su juventud, en los diarios y suplementos que se extendían sobre la mesa como un desayuno especial en las mañanas de domingo, en las partidas del casino, en las postales mandadas a los primos de Barcelona, en el sello que se le pegaba y hasta en el pescado de la plaza. Por eso, por esa función secreta de monumento al papel que esconde esta feria, es por lo que en ella hay, además de libros, carteles antiguos, cartas postales de barcos de vapor, barajas españolas y de tarot, recortables infantiles y cromos, tebeos de toda especie y edad, libritos pulga y de Calleja, programas de cine del año de la pera, periódicos deportivos antiguos, carteleras de cine, cuadernos, papel de fumar... Y todo ello, como se ha dicho, tan huérfano, tan olvidado.

-Conque de Ponferrada, ¿eh? Qué bonito, León.

El dueño del puesto, la librería Cajón Desastre, se acerca a charlar con el visitante. Adolfo Suárez, se llama el librero. Tiene tiempo, por suerte y por desgracia, como es normal en el gremio.

-Pues sí que es bonito, sí -dice, con expresión parecida al eco.

Ambos se callan un rato, ante tantísimos volúmenes.

-Y entonces... ¿qué vamos a hacer usted y yo con tantos libros, cuando no tengamos nadie que los quiera a quien dejárselos?

El leonés no desespera ante el estrés de la pregunta. Su romanticismo es más del norte.

-Hombre, digo yo que siempre habrá a quien le interesen. Pequeñas bibliotecas, quizá. Algo muy selecto, para poder enseñarlo a las visitas.

-¿Para leerlos no? -inquiere el visitante, contrariado. Suárez se sonríe de pena.

-Tanto como eso... ya no diría yo, la verdad.

Y comienza la charla. Cuenta el librero que el fenómeno de desprenderse un particular de su biblioteca y malvenderla es relativamente nuevo. "Hace cuatro o cinco años, eso no se veía." Pero la cultura impresa ya no tiene herederos. "Fíjese qué cosa", dice don Adolfo, con un brillito de compasión en los ojos: "No hace mucho compré una biblioteca entera en Pamplona. Los descendientes de su dueño no la querían y el comprador de la vivienda, donde los libros se habían quedado para el que llegase, pidió que se lo llevaran todo, que quería el piso vacío. Y como por allí me conocían, me llamaron y la compré. Eran dos mil y pico de libros. Y vi que cada uno de ellos, cada uno, tenía anotaciones del dueño. Se los había leído todos. Y ahora que había muerto ya nadie los quería."

En la esquina, en otro puesto, una señora llega queriendo vender el Cossío, a falta de dos tomos. "Eran de mi marido, y el ya ha fallecido", explica la dama. El librero, apurado, dice que eso no tiene salida, "y menos, incompleto", pero que si quiere se los cambia por otros. La señora rehusa y se marcha como quien lleva una urna llena de cenizas.

[Una sugerencia al lector: si tiene previsto hacer regalos en las próximas fiestas, déjese de vanos dispendios sin aroma ni fruto, compre unos cuantos de estos prodigios económicos y acompañe cada uno de ellos con una carta manuscrita, explicando el porqué de la elección, del regalo y de usted mismo, ya puesto. No se preocupe: seguro que el papel le inspira una hermosa verdad.]

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