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Cultura

'Ágora': Vida, muerte; fe, religión; conocimiento, ignorancia

el 09 oct 2009 / 20:33 h.

Muchas han sido ya las voces que se han alzado prontas a arremeter contra uno, varios o todos los aspectos que han rodeado y rodean a la nueva incursión de ese genio del séptimo arte sin paliativos que es Alejandro Amenábar. Muchas la han acusado de ser fría, desposeída de la fuerza y la intensidad que su último filme, la espléndida Mar adentro, sí tenía. Otras se han apresurado a afirmar de forma categórica que detrás de toda la parafernalia artística y visual hay una historia tan típica como poco efectiva.

Déjenme decirles algo: en la humilde opinión del que esto suscribe, todas esas voces deberían dedicarse a algo más productivo como la cría del escarabajo pelotero, porque si hay algo que queda claro tras asistir al apasionado espectáculo que es Ágora es que Alejandro Amenábar ha vuelto a dar una lección soberbia con mayúsculas de cómo hacer cine de la A a la Z. Y lo ha hecho con un filme en el que se han potenciado más que nunca todas las virtudes que el realizador español había ido ensayando con sin par maestría en sus cuatro anteriores producciones: a nivel técnico (ese del que no se debe hablar en una crítica para no parecer pedante), Ágora es perfecta.

Lo es en su fastuoso diseño de producción, en el que se notan todos y cada uno de los 50 millones de euros que ha costado la cinta. Lo es en sus impresionantes efectos visuales, que nos trasladan de forma inequívoca 1.600 años en el tiempo. Y lo es, por supuesto, en una fotografía que saca a relucir todos esos tonos térreos que normalmente se asocian al desierto. Pero toda la perfección técnica, y aquella que tiene que ver con lo que los actores (sobre todo una apasionada Rachel Weisz) queda minimizada cuando el discurso llega al momento en el que tenemos que centrarnos en el guión; un libreto que es (casi) perfecto.

Amenábar y Gil (su eterno colaborador) consiguen una historia de reverberaciones universales que bien podría haberse situado en la actualidad y hubiera funcionado con igual o mayor intensidad: al arremeter contra los fundamentalismos religiosos de la forma que lo hace (siendo ecuánime con cristianos, paganos y judíos), el cineasta culmina un proceso que comenzara de forma soslayada con la presencia del cura del Opus Dei en aquella magnífica e hilarante secuencia de Mar adentro. En el discurso contra todo aquello que vaya encaminado a coartar las libertades del individuo, sea por la razón que sea, Amenábar da en el clavo al hacer que sea una mujer (en una época que comenzó a acallar drásticamente la voz femenina) la que represente de forma inequívoca a toda esa humanidad silente a la que la religión enmudeció en nombre del altísimo.

Está claro que esta postura le granjeará no pocos enemigos y bastantes problemas (y todos sabemos de parte de quién vendrán), pero eso no hace sino confirmar la valentía y el arrojo de un director que gracias a Ágora confirma su posición como el mejor del panorama nacional actual. Que siga así por muchos años. Y que yo pueda verlo. 

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