Cultura

Aida o el triunfo de la ópera de masas

Reseña del estreno de la ópera 'Aida, de Giuseppe Verdi, en cartelera en el Teatro de la Maestranza hasta el 9 de noviembre.

el 26 oct 2013 / 17:43 h.

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ENSAYO GENERAL DE LA ÓPERA "AIDA" DE GIUSEPPE VERDI Escena de la ópera

I. G. Cabral

Seguramente no exista un reclamo más rotundo para un teatro de ópera que programar Aida. Ante ella claudican cada cierto tiempo los principales coliseos líricos del mundo cuando de vender todo el papel se trata; y es plenamente comprensible que ahora también lo haya hecho un coliseo mermado por la crisis y atenazado por el conservadurismo que dicta el presupuesto. No hay pues nada malo en ello; la ópera del italiano es, seguramente, la creación más cercana al espectáculo de masas que ha alumbrado nunca el género lírico. Pura exaltación de oropel y exotismo milenario, vehículo de goce intrascendente, oasis para el aficionado operístico de ‘de vez en cuando’ que se entrega presto al aplauso fervoroso.

Pero ya que servimos Aida en el Maestranza, debió de pensar un Pedro Halffter absolutamente convertido a la religión verdiana (tras abrazar y erigirse profeta de la wagneriana), ofrezcámosla con excelencia y en una producción a gusto de toda la clientela. En esto, la de Mestres Cabanes es un valor seguro. Y, además, asumido su look arcaico y el poco aprecio por la cuestión teatral, el montaje resulta sinceramente hermoso. Las telas pintadas son de una belleza incontestable y la esmerada iluminación de Albert Faura adquirió anoche una relevancia tan o más grande que la aparatosa escenografía. Consiguió efectos de relieve, profundidad y perspectiva sobresalientes, ayudando a engrandecer el festín. Menos nos interesó por obvio el vistoso vestuario de Franca Squarcipiano, aunque no dudamos del positivo impacto que suscitó en el público incondicional de este tipo de representaciones.

Las facilidades para conquistar con Aida acaban con la música y una producción kitsch. Lo difícil llega con el foso y las voces, siempre tan complejo encontrarlas adecuadas para la música del compositor italiano. Alfred Kim (Radames) se preocupó mucho de enfatizar la gestualidad y su color fue en todo momento el adecuado, con rotunda proyección en las notas altas y en el forte (por otra parte, casi el único registro en el que se sentía cómodo). Celeste Aida se expuso de forma tosca, pero se le dejó pasar. Con voz pastosa y dúctil, Dmitry Ulyanov trabajo hábilmente su papel de Ramfis, a pesar de cierto regusto eslavo, lo que no es tópico, en sus intervenciones.

Tamara Wilson, Aida, abrochó una triunfal interpretación. Su timbre de color oscuro le permite abordar el canto con una dosis de gran dramatismo, poseyó un timbre homogéneo, un fraseo incisivo, muy de cara a la galería, y salió coronada tras Ritorna vincitor. María Luisa Corbacho, como Amneris, mantuvo un canto de gran nivel y potencia, algo irregular en el color, con graves subyugantes, igual que el Amonastro de Mark Doss, al que alguna vez se le ha acusado de brusquedad, pero que anoche mantuvo con arrojo el tono.

El Coro del Maestranza estuvo entre lo bien y lo formidable (arranque del acto en el Nilo), con contrastes apreciables en el ámbito del pianissimo. La crisis nos está haciendo perder al sensacional Halffter director de música del siglo XX, pero ahora los verdianos lo agradecerán... con el tiempo. Fue la suya una lectura acertada en tiempos y de entrega dionisiaca al gusto por el sonido. La Sinfónica le dio lo que quiso y el maestro concluyó una versión de menos (exceso de celo por las voces en el primer acto) a más (pirotécnia sonora en el segundo acto, facilidad para el color y el equilibro de planos en el cuarto) llena de vida, luminosa, sin apenas claroscuros, a juego con el Mercedes que conducía.

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