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Al fresquito te espero

el 12 jul 2010 / 20:23 h.

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Cuando el agua y la sombra son los bienes más preciados.

Si las piedras hablaran éstas podrían inspirar centenares de relatos. Por el momento no lo hacen, al menos no con cualquiera. Ellas prefieren hablar con la prensa, como por ejemplo el conjunto de pedruscos que dan forma a la fuente de la Plaza de Virgen de los Reyes. Ayer no tuvieron ningún reparo en criticar -las piedras, digo- el uso y abuso que de ellas hacen los turistas que día a día reposan sus kilos de masa corporal o, incluso descaradamente, las empapan de agua, a ellas, que tan a gala llevan eso de ser de secano.

12 de julio de 2010. Doce del mediodía de un lunes de resaca. No de Feria ni de Madrugá, si no de Mundial. Ningún sevillano en su sano juicio osaría elegir semejante día para rememorar cómo de hermoso es el centro histórico de su ciudad. Pero los turistas operan con otra lógica. Hay que aprovechar al máximo cada minuto aunque ello puede conllevar morir en el intento y ser achicharrado por un rayo de sol fulminante o desfallecer del susto al pagar dos euros por una botellita de agua tamaño mini (que así se las gastan en algunas tiendas de recuerdos...).

En la fuente descansa una mujer (suiza para más señas). Al descubrir al fotógrafo adquiere una posición más decorosa (obsérvese sobre estas líneas), y es que minutos antes se encontraba literalmente espatarrada. Observa un mapa. Se lo sabe al derecho y al revés. Ha ido al Monasterio de la Cartuja, pero estaba cerrado. Fue luego al Museo de Bellas Artes... y también, a cal y canto. En la caminata entre uno y otro invirtió dos euros y medio en una bebida isotónica. Eso la salvó del desmayo. 39 grados de nada. Al final descubrió un pequeño detalle, los lunes los museos cierran.Menos mal que la fuente la ha recogido y le ha servido para refrescarse. Como si no fuera con ella fue poco a poco introduciendo en el líquido elemento cada una de sus extremidades. Luego en el compás de espera comprobó que el agua, en Sevilla, es realmente una maravilla, un tesoro impagable.

Otros dos turistas, éstos de menos un metro y medio y con menos de dos números en su edad, se empapan impúdicamente en otra fuente de la ciudad. Al fresquito esperan a sus papás, quienes escrutan otro mapa -éste en italiano- en una sombrita.Y si las fuentes, si se tiene paciencia, son capaces de hablar y confiar al humano las cuitas estivales, los caballos también lo hacen.

El que aguardaba clientela frente a la turista -la primera, la suiza- andaba tan muerto de la envida de ver a aquella que decidió pedirle a su amo un buen jarro de agua fría. "Sin clientes que pasear se está tan agustito", rebuznó en tono bajito. Mientras, el termométro escalaba un grado más.

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