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Alcalá de Guadaíra está lista para resistir otra riada como la de 2007

Sólo los bolardos que impiden aparcar en la principal calle de Alcalá de Guadaíra recuerdan que allí, esa noche del 2 de octubre de 2007, una riada de granizo arrasó la zona, convirtió los coches en proyectiles y acabó con dos vidas humanas. Foto: J.C.

el 15 sep 2009 / 16:04 h.

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Sólo los bolardos que impiden aparcar en la principal calle de Alcalá de Guadaíra recuerdan allí que hace un año una riada de granizo arrasó la zona, convirtió los coches en proyectiles y acabó con dos vidas humanas. Pero para quienes vivieron esa noche del 2 de octubre de 2007 el recuerdo permanece imborrable.

Los daños materiales están ya prácticamente subsanados, muchos comerciantes -los que más daño económico sufrieron en esta calle de tiendas, La Mina- están contentos con las indemnizaciones (otros no tanto) y la prohibición de aparcar no impedirá que granice, pero al menos evitarán que los automóviles aparcados taponen la salida de las aguas o se vuelvan arietes.

Todos los alcalareños tienen presentes el daño de la riada de hace un año. Y algunas obras intentan evitar que otra acumulación de circunstancias adversas -lluvia torrencial, granizo, imbornales taponados, que la calle principal sea un antiguo cauce- se salde de nuevo en tragedia.

La medida más evidente es la colocación de pivotes que impiden aparcar en la calle de La Mina mientras planea sobre ella la peatonalización completa. Sin embargo, y aunque todos los comerciantes -vivieron la tragedia en primera persona desde sus tiendas, a punto de cerrar comenzó a arriarse la calle- ven más segura La Mina sin coches, también achacan a la imposibilidad de aparcar el mal rumbo de sus negocios desde hace 12 meses.

Menos visible ahora es el colector de la calle General Prim, una obra acometida por Emasesa y terminada antes del verano. Su objetivo es facilitar el flujo de las aguas de lluvia hacia el Guadaíra sin que se formen balsas como la que convirtió la calle de La Mina en una trampa de coches arrastrados como balas de cañón y dos metros de caudal. Ha costado 1,6 millones de euros.

Queda por hacer el tanque de tormentas, ya autorizado por Emasesa. Las mejoras en las alcantarillas costarán cinco millones de euros. En el tanque cabrán tres millones de litros de agua y evitará que las aguas de lluvia que resbalan desde el barrio de Pablo VI lleguen al centro de la ciudad.

La tormenta descargó hace justo un año 80 litros por metro cuadrado en apenas media hora. Al agua torrencial se le sumó en pocos minutos el pedrisco: bolas de hielo como bolas de pimpón acribillaron a quienes se encontraban en la calle comercial, atestada y con los comercios aún abiertos (eran las 20.30 horas).

Una de las claves para entender la tragedia es que el granizo taponó los imbornales, con lo que el agua comenzó a acumularse y atrapó al público, que se refugiaba en comercios y bares o intentaba salir de sus automóviles cuando notaron que comenzaban a flotar.

En su coche perdió la vida María Adán, maestra de 35 años del colegio Reina Fabiola, quien se había incorporado pocos días atrás al centro. Natural de Jaén, circulaba con una compañera del colegio y los hijos de ésta por la calle de La Mina. La infortunada profesora no logró zafarse del vehículo y pereció ahogada, mientras que los otros ocupantes fueron rescatados por los vecinos con cuerdas cuando la corriente se los llevaba.

La segunda víctima mortal fue Pastora Hermosín, una mujer de 80 años sorprendida por el agua cuando irrumpió en su propio domicilio, en la calle Pérez Galdós.

Única casa sin reparar. Además, una veintena de vecinos resultó herida por golpes de granizo capaces de provocar politraumatismos o por hipotermia. Las pérdidas económicas se cifraron días después en 31 millones de euros y 280 comercios afectados, además de 3.500 casas de toda la ciudad, ya que el pedrisco acabó con antenas, cristales, tejados...

Un año después tampoco queda rastro de esa pedrea de daños. Sólo la casa de Pastora Hermosín permanece tal cual, anclada en el 2 de octubre de 2007, con los cristales del bajo reventados, la mosquitera doblada por la fuerza del agua y la porquería que arrastraba la riada todavía adherida, testigo del nivel que alcanzaron las aguas.

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