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Cofradías

Alfa y omega en la priostía

Macarena y Gran Poder marcan los grandes paradigmas estilísticos. La Esperanza tiene este año una posición más adelantada, para “acercarla a los devotos”.

el 12 mar 2015 / 13:00 h.

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El Gran Poder, en su altar durante la Cuaresma. / R.A. El Gran Poder, en su altar durante la Cuaresma. / R.A. En los días grandes que están por venir se sublimarán las grandes dicotomías estéticas de nuestra manera de entender la Pasión. La capa y el ruán. El misterio y el paso de palio. El día multitudinario y la íntima noche. El Centro y la periferia. Sevilla y Triana. Pero la dualidad más arquetípica es la eterna Gran Poder-Macarena. Huelga por completo abundar en definir este yin-yang devocional, cuyas características son bien conocidas por todos. Marcan, sin ninguna duda, los dos paradigmas cofradieros que todo sevillano tiene interiorizados. Esto se mantiene durante todo el año y tiene su máxima expresión en la Madrugá, pero es estos días de Cuaresma cuando se empiezan a marcar las distancias estilísticas de manera más acusada. Es lo que muchos llaman la “idiosincrasia de cada hermandad”. Las priostías son en estas semanas previas las encargadas de hacer notar esa filosofía estética, que se basa prácticamente en dos conceptos: conservar e innovar. De esto se pide últimamente mucho a todo lo relativo a las cofradías de nuestro tiempo. Se innova en la priostía, y cómo. Dice Fernando Marmolejo, el prioste de la Macarena, que el altar del septenario de la Esperanza está inspirado en la Victoria de Samotracia, esa fantástica escultura helenística (s.II a.C) que se puede admirar en el Louvre. Es la explicación a ese avance de algo más de un metro de la posición natural de la Virgen en su camarín, con lo que se pretende acercarla más al devoto. El resto de la composición del altar tiene un corte más clásico que de costumbre y los florones espigados dan un toque ciertamente espiritual. Altar de la Esperanza, con la Virgen sobre un avance que la saca de su camarín. / R.A. Altar de la Esperanza, con la Virgen sobre un avance que la saca de su camarín. / R.A. Lo cierto es que el conjunto tiene una gran armonía y da a la Esperanza un protagonismo que siempre merece. Si tiene esto que ver con la torsión dramática de la Niké de París, es un asunto que pasa desapercibido al visitante que no conoce el comentario, aunque sí conozca la historia del arte. Precisamente estas joyas de la imaginería barroca ya tienen un lugar de honor en esos manuales. Un lugar fijo. De su posición aún no se ha movido el Gran Poder. Nadie diría, estando en su basílica, que nos encontramos a 17 días del Domingo de Ramos. Dos días antes al Señor lo habrán bajado al suelo del templo para su besamanos. Es la otra manera de acercar las imágenes devocionales. Más austera, más directa, sin mayor artificio que el que produce el encontrarse a unos centímetros de sus facciones. El ingenio y el estatismo recorren toda Sevilla a través de sus templos. Ambos paradigmas se traducen, en mayor o menor medida, en cualquiera de las devociones que podamos encontrar. Triana es el referente más directo, aún con sus singularidades. Aún tenemos en Santa Ana a la Esperanza de Triana, que ilumina uno de nuestros templos más antiguos como en ningún otro tiempo del año. En la posición acostumbrada, adelantada, casi llegando al crucero, acompañada de su inseparable exorno floral exótico. Dando sentido al gentío primaveral que se mueve en estas tardes entre Pureza, Vázquez de Leca y Pelay Correa. Y a un kilómetro de allí, donde terminan Triana y Sevilla, la basílica del Cachorro. Si la Virgen de los Marineros es el alfa, el crucificado de Ruiz Gijón —en su frío ábside azulgris, que casi es un gran sarcófago— es el omega de esta manera de comprender el mensaje del Nuevo Testamento en la tierra de María: el gozo y el dolor; la vida y la muerte; la luz y las tinieblas. Sevilla, en fin.

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