Cultura

Aliento clásico

Crónica del concierto que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció anoche en el Teatro de la Maestranza con obras de Mendelssohn, Chopin y Schumann.

el 22 ene 2010 / 22:18 h.

Las constantes por las que iba a transitar este décimo concierto de abono de la ROSS estaban claras ya desde los primeros compases de la obertura El cuento de la hermosa Melusina de Mendelssohn. Bruno Weil, pese a su aparente filiación germánica, dista mucho de ser un kapelmeister al uso. Está en su bagaje todo el peso de la tradición romántica pero también, dadas sus buenas relaciones con conjuntos de instrumentos históricos, anida en su visión de la música ese gesto rápido, preciso, ajeno a toda retórica que caracteriza buena parte de lo más interesante que, en música clásica, se está diciendo en la actualidad.

Pasando por alto una excesiva homogenidad formal en las obras propuestas, Weil, sabedor de que el grueso del interés se concentraba en el popular Concierto para piano y orquesta n.2 de Chopin brindó una lectura, acaso algo académica en los movimientos primero y tercero, pero a la que no se le pudo negar un gusto cuasi galante, una forma de entender el rubato ajeno a toda pesantez y con un punto de clasicismo de salón muy de agradecer cuando, además, no es precisamente la escritura sinfónica de Chopin lo que más brilla a la hora de enjuiciar la música del polaco. A su lado, el pianista canario Iván Martín, además de saberse todas las notas de memoria, se aprestó en una lectura puntualmente escolástica pero igualmente desnuda de barroquismo y sí especialmente preciosista en el Larghetto, donde se concentran algunos de los instantes más mágicos de la caligrafía chopiniana.

La Sinfonía n.2 de Robert Schumann se ha oído bastante en este escenario. Bien está que vuelva a él cuando se celebra el 200 aniversario del músico. Y mejor oportunidad aún si quien la ofrece tiene algo nuevo que decir con una obra de meridiano repertorio. Al igual que apuntábamos con Mendelssohn, Weil desvistió de toda pompa el Scherzo, leído con una velocidad mozartiana, fraseando con gusto y entregándose a un sonido hedonista en el que primó la brillantez y la belleza antes que cualquier turbulencia. Fue, en fin, la regla común con la que trazó el edificio sinfónico de Schumann, desprovisto de toda discursividad y con una orquesta muy  estratificada. Lástima que los violines aquejasen alguna desafinación en el último tiempo.

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