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Amigos que dejan huella

En Sevilla han colocado un poste lleno de bolsitas de papel hechas en Chequia. Dice el letrero que son para los excrementos de los perros, pero al ver los 700 millones de palomas que acechan en los árboles y las farolas, dan ganas de coger una y ponérsela de capucha.

el 15 sep 2009 / 07:27 h.

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En Sevilla han colocado un poste lleno de bolsitas de papel hechas en Chequia. Dice el letrero que son para los excrementos de los perros, pero al ver los 700 millones de palomas que acechan en los árboles y las farolas, dan ganas de coger una y ponérsela de capucha para no salir de allí con la coronilla como Calimero. Esa actitud, aunque comprensible, ayudaría muy poco a reducir la cifra de 28.000 kilos semanales de heces caninas que quedan en las calles. Lo mismo que pesan las sardinas que entran un día normal en la lonja de Vigo, las delicatessen que se despachan durante la Feria de la Patata de Villanueva de Valdegovía (Álava) o un carro de combate modelo Pizarro.

Al vecindario le parecen bien todas estas ideas y las comentan con fruición, pero a ésta en concreto le auguran un futuro incierto porque el procedimiento para retirar del suelo las cagarrutas consiste en agacharse; todo un desafío para la mentalidad occidental.

"La gente no está preparada para eso", rumia Nino Mateo, acodado tras la barra de su cervecería en Triana. Por su forma de negar en silencio mirando al infinito, da la impresión de que no se refiere tanto a lo de agacharse como a lo de recoger los detritus de las mascotas y a la vida en general. "La gente está muy mal educada, pero ya me conformo yo con que no me maten cuando paso por la plaza. ¿Ha visto lo que se junta ahí fuera? Cómo va la gente a respetar a nadie, cómo va alguien a preocuparse de que su perro no defeque o no muerda", se lamenta. La culpa es de los padres de antaño: "Toda la familia sentada a la mesa a las tres de la tarde con el cocido y empieza el telediario: que si un tsunami, una guerra, una criatura reventada en el suelo, y como si nada. Ahora, salían dos dándose un beso y saltaban el padre y la madre a cambiar de canal para que no lo vieran los niños. La sociedad se ha dedicado a crear monstruos", sentencia.

"Hay que educar a los dueños de los perros", salta Joaquín Perujo mientras recarga la máquina del tabaco. "Mira, yo tengo un rottweiler que cuando caga parece que han pasado los bueyes de las carretas del Rocío. Y yo voy con las dos manos envueltas en bolsas del híper, que para eso las guardo, hago así (gesto de cargar con una mula muerta) porque la cosa es considerable, y lo tiro. Ni máquinas ni nada: educación de los dueños. Es como lo de los perros peligrosos: mi perra es una bull terrier, un perro así de chico pero que como te dé un bocado le tienes que meter siete tiros. Si había cinco matándose en una esquina y tres tirándose de los pelos, ella como si nada. Eso sí, que no viniera nadie y me diera una palmada en la espalda". Bueno es saberlo.

Nino Mateo asiste entusiasmado a la charla de Joaquín. "Para chulo, mi Loco. En el campo tenemos un caballo que es... Nunca le pusimos un bocado, ni una silla, ni espuelas, pero le montábamos a los niños en lo alto y le decíamos: Loco, dales una vueltecita, y allá que iba el caballo tan tranquilo".

¿Qué tiene esto que ver con las bolsitas checas de excrementos? Pues lo siguiente: que al igual que pasa con esta iniciativa municipal, una conversación entre trianeros se sabe cómo empieza pero no cómo termina. La bolsita es de papel reciclado antihumedad, contiene una paletita del mismo material e incluye, entre otras instrucciones, un gráfico de cómo agacharse. Muy útil para aquéllos que no se doblan ni jugando al dominó. De vuelta a la plaza, resuenan las palabras del hostelero: ¿Ha visto lo que se junta ahí fuera?, y uno, bajo esa aprensión inducida, se aparta de los ancianitos sentados al sol, tan aparentemente apacibles, por lo que pueda pasar. "Esto está muy limpito ahora", recita uno. El poste con los papelitos está camuflado junto a un banco; bien pensado, porque hay que tener un perro para encontrarlo. Lipasam pasa por allí a diario a todo trapo. Al rato, el suelo contiene cientos de colillas, envoltorios de flagolosina y escupitajos de todos los colores y texturas. Eso sí, ni un excremento. Lo que hace la concienciación.

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