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Antes y después de un indulto glorioso

En la resaca de un acontecimiento histórico, hay que valorar la gran trascendencia del evento.

el 01 may 2011 / 21:04 h.

Con o sin la suspensión del festejo de rejones, la jornada se vivió como un sorbete desengrasante del copioso banquete ofrecido por José María Manzanares el día anterior. La verdad es que no había muchas ganas de otra cosa y el histórico acontecimiento sigue brindando argumentos para la reflexión pero sobre todo para la satisfacción de los que -naturalmente ajenos a prejuicios y estúpidos estereotipos presuntamente rigoristas- se supieron testigos de un acontecimiento irrepetible destinado a grabarse a fuego en los anales del toreo y a ser contado generación tras generación como esas faenas mitificadas por el tiempo que siguen rememorando los aficionados más viejos.


Y aunque mientras se esperaba la decisión definitiva de los rejoneadores sólo se hablaba del recital del alicantino aún hay quien no se quiere, o no se sabe, enterar de nada. Convendría recordar una de las escenas memorables de la gran película El Club de los Poetas Muertos. El profesor Keating -Oh capitán, mi capitán- hace arrancar a sus alumnos la hoja de un libro de literatura que reduce la emoción de la poesía a dos ejes matemáticos. No estaría de más que algunos volvieran a sacarla del videoclub. Quizá comprenderían mucho más de la verdad de un arte que raramente alcanza la perfección y la emoción estética lograda en la tarde del sábado. Y es que con la resaca intacta de un acontecimiento histórico algunos andaban aún cogiéndosela con papel de fumar para analizar los parámetros de un indulto que hay que valorar como el premio máximo a un evento excepcional.

Lo dijimos ayer y lo repetimos hoy: ojalá lo hubiera puesto patas arriba con un estoconazo de los suyos para cortar el rabo que habría puesto una raya en el agua. Pero también hay que precisar algunas cosas para el que aún no lo sepa: en las circunstancias actuales del espectáculo, los toros que llegan a gozar del indulto son aquellos que brindan las más altas cotas de toreabilidad, fijeza y duración. Jamás se ha visto indultar en los últimos tiempos a un toro que se emplee de verdad en el caballo y brinde veinte arrancadas bravas y exigentes en la muleta tras una breve e intensa faena. Indultar a un animal de bravura global, dentro de los parámetros más tradicionales es hoy por hoy imposible. Así que nadie busque otras valoraciones ni espere plagas bíblicas, tampoco a los cuatro jinetes del Apocalipsis por un feble pañuelo naranja que, más que historia, marcó una efemérides.

Cualquiera pude discutir, rebatir o argumentar en contra de la legítima decisión del presidente Julián Salguero pero de ahí a decir que la plaza de la Real Maestranza ha perdido prestigio por perdonar la vida de un toro que tuvo una embestida cercana a la perfección va un largo trecho. ¿Que ha perdido prestigio? Lo ha ganado a espuertas, mantenidendo su vocación de escenario de los grandes acontecimientos del toreo; acogiendo un suceso imprevisible de díficil reedición que seguirá vivo en el recuerdo. El prestigio se pierde programando espectáculos sin contenido o esas letanías interminables de corridas aburridas con ganado presuntamente torista que sólo satisfacen a integristas sin verdadera afición.

Pero dejemos ya a un lado el famoso indulto. Y volvamos a reiterar que el hecho histórico fue el faenón de Manzanares y el estado de felicidad y catarsis colectiva que se vivió en la plaza de la Maestranza. Lo del perdón de la vida del excepcional toro de Núñez del Cuvillo no deja de ser una aparatosa y feliz anécdota para los amantes de la estadística; por el contrario, el trasteo del mejor Manzanares ya está en los anales de este arte efímero que vive y muere cada tarde. Ah, y para los que andaban con la libreta de cálculo reduciendo a dos más uno lo que es arte y expresión: si el sexto no hubiera embestido y se le hubiera negado la Puerta del Príncipe al diestro levantino, al día siguiente habrían tenido que tapiarla hasta la clave por los siglos de los siglos; con o sin las dos innecesarias y sucias orejas del toro muerto que le entregaron al diestro alicantino. Después de su sinfonía, ¿a quién se le ocurría matizar el triunfo negando u otorgando un rabo que nadie pidió en medio de la emoción compartida que embargaba a los tendidos? Es mejor no dar más vueltas y recordar que Arrojado ya se recupera de las heridas de la lidia en la dehesa del Grullo. Sucedió en la tarde de un 30 de abril. Yo estuve allí.

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