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Aprendiendo a ser niños

Sin renunciar al tapeo ni a la piscina, se marchan dejando una lección de inocencia

el 06 ago 2011 / 18:55 h.

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Vazdim y Denis han ganado el cariño de sus padres de acogida.

Recién levantados y entre bostezos, Denis y Vazdim tomaban su vaso de colacao. Parecía un día más, pero en el fondo, las maletas repletas encima de la mesa encerraban la tristeza de que llegaba la hora de volver a casa. A ellos casi ni se les notaba, pero los rostros de sus padres de acogida, Rafael y Mari Carmen, intentaban ocultar la emoción de su partida. Tras 42 días de una nueva vida llena de diversión, amigos, ocio y cariño, tocaba volver a la realidad de Bielorrusia.

"Mira, mira. Llegaron con una mochilita y ahora se van con dos maletas cada uno", muestra orgullosa Mari Carmen. Su desvelo por estos pequeños no tiene límites y por eso no dudó en acoger a otro niño cuando llegó a sus oídos la historia de Denis. "Vino con otra familia, pero por problemas tuvieron que renunciar a él. Querían deportarlo, y claro... nos los quedamos". Ahora, con el paso de los días, no se arrepienten de haber dado el paso y multiplicar por dos sus atenciones.

Su marido Rafael intentaba descargar la dosis de emoción, recordando cómo se habían metido en este lío de la acogida. Ellos fueron pioneros, pues comenzaron de la mano de la hermandad de la Mortaja allá por 2001. "Mi hijo estaba en el grupo joven y nos apuntó sin decirnos nada. Al principio nos asustamos, pero hoy sólo podemos dar gracias por esta oportunidad", recuerda. En aquellos años, era dos pequeñas bielorrusas las que llenaban de vida su casa. Por eso, a Mari Carmen, no se le olvidará nunca ese cariño, ahora que siendo mayores de edad no les permiten venir. "Cada Navidad mando comida, si se operan o tiene algún problema les mando dinero. Todo es poco si lo necesitan".

Entre recuerdos, Denis, "el más bicho", juega sobre el sofá esperando con impaciencia a que abran la piscina. En su equipaje se lleva el mérito de haber sido capaz de aprender a nadar y la imagen de la playa de Zahara de los Atunes, la primera que han visto sus inocentes ojos de nueve años. Vazdim, el mayor de los dos, es su contrapunto. Más calmado y atento a cualquier conversación, no rehúye de mostrarse presto si se trata de salir a dar un paseo para tomar una tapita de caracoles, su gran descubrimiento. Él, que lo sabe, no duda en sonreír cuando sus padres de acogida recuerdan la hazaña de haber degustado hasta tres platos en una sola noche.

Al verlos felices entre anécdotas de pillos, Mari Carmen y Rafael comprenden que su esfuerzo ha merecido la pena y que, aunque los años pesen, seguirán colaborando el verano que viene. Él lo tiene claro, y aunque reconoce que "cuando se van, descansas", no oculta el grado de satisfacción que le reporta "las mejoras que experimentan". Y claro, los pequeños se desviven por regresar a sus brazos.

Con las maletas casi cerradas, Mari Carmen saca dos álbumes de fotos que ella misma les ha preparado con todo cariño. Sabe que a través de ellos, los dos pequeños podrán enseñar en Bielorrusia todo lo que han vivido en su aventura de este mes y medio. Hay recuerdos familiares en la Plaza de España, en Isla Mágica, en la playa y hasta en un revuelo de palomas del Parque de María Luisa que llenaban sus rostros de una felicidad impropia en su país de origen. Todo eso y mucho más cabe en la maleta de amor que se llevan Denis y Vadzim de su familia sevillana.

Pero no eran las únicas que se cerraban. Tímida, aunque esbozando una pequeña sonrisa, la pequeña Nacha esperaba ansiosa la hora de partir hacia su último día de playa. Matalascañas era la siguiente parada de su verano más especial, pues aunque ya era el tercer año que disfrutaba de su estancia en Sevilla, en éste había alcanzando un premio que jamás olvidará. En su equipaje viajaba el trofeo que la reconocía con el primer premio de las olimpiadas que organizan cada año en su urbanización de Montequinto. Allí había sido capaz de demostrar su valía en fútbol, atletismo, natación y hasta en el matar, a pesar de que era la primera vez que se arriesgaba a sufrir un pelotazo del equipo contrario.

Su hazaña la ha convertido en una de las niñas más populares de todo el barrio. Carmen, su madre de acogida, certificaba con una sonrisa la historia de la pequeña. "Paseamos por la calle y todo el mundo la saluda, tiene muchos amigos y está feliz. Con eso nos conformamos", cuenta. Cuando mañana toque partir, su adiós dejará un vacío grande entre los pequeños de la zona, que la consideran ya una más de la pandilla. Aunque serán sus padres sevillanos los que más la añoren. "Hay que tener la mente fría y el corazón a un lado, porque la despedida es dura. Pero bueno, al fin y al cabo esto es un acto de generosidad en el que no esperas nada a cambio".

Ajena a su marcha, Nacha se mostraba a sus nueve años más coqueta que nunca. Sabía que era el día en que venían a hacerle una foto y eso era motivo suficiente como para haberse peinado hacia un lado. Un gesto insignificante que para ella era especial, pues pensar en hacer eso en su país era casi una utopía. Mientras llegaba el momento de la foto, la pequeña se distría con Nerón, el perro de la familia, en el patio de la casa. Su presencia le traía recuerdos de su hogar, donde le espera su mascota, un perro pequeñito sin nombre, al que se ha propuesto llamar también Nerón, para así no olvidarse de él.

El pollo, el jamón, las patas rusas son sus grandes logros culinarios, aunque su verdadero aprendizaje no ha estado entre fogones. Se lleva el cariño de sus padres, Carmen y Manuel, la satisfacción de hablar castellano, un grupo de amigos enorme y las ganas de volver el año que viene. Como hace cada año, su carta a Santa Claus tendrá esta Navidad una sola petición. "Querido Papa Noel: este año te pido volver a ser feliz. Sólo tienes que llevarme con mis papis sevillanos".

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