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'Aquí ya no hago nada. Al menos esto es una solución'

Emil Tudor es uno de los 600 rumanos de Sevilla con posibilidad de retornar a su país y cobrar allí el desempleo acumulado tras trabajar en España. Llegó hace cuatro años para trabajar en el campo y ahora se marcha tras pasar meses en el paro. Espera que la ayuda le permita aguantar en su tierra hasta que encuentre trabajo allí.

el 16 sep 2009 / 02:53 h.

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Emil llegó a España con un ansia: sobrevivir. Fue hace cuatro años. Traía entonces una enorme bolsa de deporte, su inglés rudimentario y, lo más importante, una oferta de trabajo para recoger espárragos en Navarra. Nadie querido le acompañó en los tres días de autobús, pero en las horas de viaje hizo amigos. Rado, Viktor, Katerina. Todos ellos compartieron durante meses un piso en Enériz. Meses de frío, recuerda. De comidas enlatadas para ahorrar y mandar dinero a casa. Allí, en su Rumanía natal, le esperaba su esposa, Diana, recién recuperada de una leucemia. "Tuve que dejarla sola para ganar dinero, porque era imposible pagar el tratamiento con lo que ganaba allí", explica con voz ronquísima.

Porque Emil Tudor tenía trabajo en su tierra. "Era mecánico y de los buenos", dice manoteando. Lo que pasa es que el salario era una miseria, "como cuatro veces menos el salario mínimo en España". Aunque la familia sólo la formaba el matrimonio y no había más bocas que alimentar, la salud de Diana le obligó a emigrar. Ella se quedó con sus suegros; él se fue a Navarra. La cuadrilla de rumanos tuvo suerte: un contrato de temporero se unía con el siguiente, así que se quedaron, hoy en Murcia, mañana en Tarragona, pasado en Sevilla. Aquí recalaron para trabajar en el melocotón y la pera en Villaverde del Río, y aquí se quedó Emil. "Me sentí cómodo, me sentí casi como en mi casa", recuerda. Eso fue hace año y medio largo. Así que, asentado, decidió traerse a su esposa, ya recuperada, y fijar su residencia en el Parque Alcosa.

Este tiempo ha sido "duro", porque "cada día había menos trabajo" y "más competencia con los españoles que antes no querían el campo". Hace siete meses, tras cuatro parado -su primer mal trago-, encontró al fin un trabajo como mecánico en un taller de Torreblanca. Era su ilusión, recobrar su oficio, pero la jugada no le ha salido bien. "Firmé por seis meses y se acabaron la pasada semana. Ya no hay más. No hay renovación. Dicen que no hay trabajo y es verdad, porque la nave está vacía todo el día... Pero no hacen esfuerzos", se lamenta.

En el tiempo que ha vivido en Sevilla, la familia Tudor ha crecido. Ahora tienen a Vasili, su hijo de diez meses, y no se pueden permitir estar mano sobre mano. "Mi mujer está débil y no puede trabajar fuera, y con el niño... peor. Sólo yo puedo trabajar, y si me quedo parado nos morimos", relata entre lágrimas. Tiene el paro, pero con eso "poco" hace en este país, "tan caro". Así que tiene claro que va a aceptar la oferta del Gobierno para regresar a su país y cobrar allí el desempleo. "Allí tengo una casa cerrada que ya no tengo que pagar; con el paro ahorraré porque es mucho más que lo que se cobra allí y, mientras, buscaré un trabajo". Dice el Gobierno rumano que al país le falta un millón de trabajadores, que están teniendo que contratar a ciudadanos chinos. "No creo que estemos tan bien, pero en mi zona la cosa ha mejorado", dice.

Su zona es Saschiz, una localidad situada en el corazón de Rumanía, muy próxima a Sighisoara, una ciudad medieval donde, según la leyenda, nació el conde Drácula. "Hace cuatro años aquello estaba muy mal, todo muy pobre, pero en toda Transilvania han crecido las actividades de turismo y es posible que encuentre trabajo. Hablo un inglés bueno y tengo familia en ello", afirma con empeño. Su pesadumbre estalla en una carcajada cuando se le pregunta de qué podría trabajar. "Mira, aunque soy muy moreno, me pinto la cara y hago de conde, o de guía o de camarero. Lo que sea, pero en mi casa", añade. Ese resentimiento aparente lleva a la siguiente pregunta: ¿acaso no se ha sentido bien tratado en Sevilla? "No, no, no. Aquí me han respetado en el trabajo, han reconocido lo que he hecho y me han pagado bien. Pero mi esposa no se ha adaptado y quiere que su familia disfrute de Vasili... Yo la entiendo", explica. "Voy a echar mucho de menos a mis vecinos, a mis amigos, y el bar para ver el fútbol", susurra casi antes de confesar que ya es un bético puro. "Pero aquí ya no hago nada y lo que dice el Gobierno es una solución buena", se resigna.

La decisión de marchar es irreversible, dice. El de vuelta será también, como el de ida, un camino de incertidumbres, sobre todo porque Emil desconoce cómo cumplimentar el trámite con Trabajo. "No sé bien dónde pedir la ayuda, si la cobraré con garantías en mi país, si se retrasará el pago y debo ahorrar ahora al máximo para aguantar... Tampoco me confirman si me pagarán el billete de ida, por lo que aún no he reservado nada y cada día que pasa es más caro. He tenido que recurrir a una asociación de rumanos para que me ayude, porque los políticos... nada", concluye.

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