Cultura

Arrullados en el diván de Wagner

La cita estival con la Orquesta del Taller del Diván (o West-Eastern Divan) viene revestida cada verano con las características de un rito, la del coliseo que se abre en pleno agosto para albergar un recital de un maestro,Daniel Barenboim, que, guste más o menos, se mueve en la elite de las grandes batutas. Foto: José Manuel Cabello.

el 15 sep 2009 / 09:25 h.

La cita estival con la Orquesta del Taller del Diván (o West-Eastern Divan) viene revestida cada verano con las características de un rito, la del coliseo que se abre en pleno agosto para albergar un recital de un maestro,Daniel Barenboim, que, guste más o menos, se mueve en la elite de las grandes batutas (esa mitológica sucesión de nombres que en el imaginario popular arranca en Karajan).

Su presencia, no obstante, hay que agradecérsela al Diván, formación, maravillosamente publicitada y vendida, de chicos palestinos y judíos que vienen, ensayan, tocan y se marchan en son de paz.

Nueve años trabajando con Barenboim debían dar sus frutos. Y quizás, el concierto de anoche, fue el más memorable de cuantos les hemos escuchado. Sólo con alguien al frente como el maestro argentino-israelí se comprende que pueda emerger unWagner de tan alto calado como el interpretado por una formación de chavales, muchos de ellos en plenos estudios instrumentales. Barenboim interrumpió los aplausos y atacó el Preludio con una violencia electrizante.

Las escalas de la cuerda se precipitaban y allí, en el escenario del Maestranza, desnudo de escenografía, pareció, en el margen de una centésima de segundo, estar librándose el comienzo de la batalla épica más grande jamás contada.

Sin cuevas oscuras ni bosques frondosos, tres voces rodearon al Diván. No podemos imaginar tres cantantes más soberbios para esta obra, acaso, contemplando el despliegue vocal de Angela Denoke (con su lírica voz dramática), Simon O'Neill (de agudo firme, en plenas facultades) y John Tomlinson (voz cincelada en la cuna de los Nibelungos) sólo cabía soñar que alguna vez los tuviéramos de nuevo allí, vestidos como Sieglinde, Siegmund y Hunding. Hasta que eso suceda, las retinas (que son las que, a la postre, toman la estampa de la emoción) recordarán un primer acto de la Walkiria en el que Wagner y Barenboim nos arrullaron con una versión pausada, enredadamente bella, de una fisicidad casi palpable y con unísono final de acongojante carga tenebrista.

Un aplauso pétreo, rugoso, asaltado por rugidos de entusiastas melómanos, como contagiado por el pulso febril y psicoanalítico de Barenboim, puso el punto y seguido de una historia que debe continuar transitando repertorios como éste y el que interpretará esta noche en Huelva, esas visionarias Variaciones para orquesta de Schoenberg que, ayer, Barenboim, intercambió a posta por un Haydn sin sustancia. De la Sinfonía concertante que se tocó en la primera parte sólo se puede decir bueno que pasó pronto. Y mientras que duró, se percibió a una orquesta plúmbea, dirigida de forma antojadiza, con un inexplicable tono severo, henchido de rubato. Totalmente fuera de estilo, los jóvenes solistas, bien que cumplieron, no acertaron a dar el aire ligero, marcial y membranoso que pide Haydn. Olvidemoslo. Schoenberg y Wagner: ¿Se imaginan que concierto para la historia hubiera quedado?

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