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Balcón a la Esperanza

El paisaje con el que despierta Inmaculada cada mañana lo componen el Arco y la Basílica de la Macarena. Por eso en su quiosco, además de prensa y revistas, también hay mucha Esperanza.

el 27 may 2014 / 10:07 h.

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Hay personas que pueden presumir de ser unas privilegiadas por tener un puesto de trabajo. Pero también hay quienes pueden hacerlo por el lugar en el que lo hacen. Es el caso de Inmaculada González, Inma como prefieren que la llamen, una mujer que tiene la fortuna de haber heredado un quiosco de prensa ubicado en uno de los lugares más emblemáticos y hermosos de toda la ciudad. Cuando cada mañana levanta la persiana metálica de su punto de venta, lo primero que ven sus ojos –además de algún que otro cliente que siempre se adelanta a su llegada con las primeras luces del día– es el conjunto monumental que conforman el Arco y la Basílica de la Macarena. «Estoy muy orgullosa de estar enfrente de la Macarena y de trabajar en un barrio tan especial como éste», reconoce Inma. Inmaculada González en su quiosco de la Macarena. Inmaculada González en su quiosco de la Macarena. Hace aproximadamente unos tres años que llegó hasta el que hoy día es su quiosco. No fue una simple casualidad, pues tuvo la fortuna de heredar de su familia una profesión que, aunque nunca imaginó que se convertiría en la suya, ha acabado por enamorarla completamente. «Yo estudié y me hubiera encantado tener una peluquería pero al final acabé aquí», recuerda. A pesar de ello tiene claro que volvería a dar un paso al frente para hacerse cargo de un quiosco en el que es «feliz». Ylo es entre otras cosas por «la gente», los vecinos del barrio, que «me tratan muy bien y me han acogido como si fuese de su familia». No obstante, la clientela a la que ahora atiende Inma –también su marido, que cuando puede le echa una mano– es la mismos desde hace varias décadas. Y es que cuando hace más de medio siglo la familia de su marido –que es lo mismo que decir la suya– decidió emprender en este negocio fueron asentando poco a poco una forma cercana de atender a los clientes que aún hoy se mantiene. Desde los comienzos, el quiosco fue siempre una pieza clave en el día a día de esta familia. «Aquí ha trabajado el abuelo de mi marido, su abuela, sus padres y su tía Emilia, de la que heredamos nosotros el negocio», narra. Pero no sólo ha sido un simple puesto de trabajo sino una pieza más de una vida que se ha forjado en torno al quiosco. «Aquí se conocieron mis suegros y aquí también se criaron mi marido y sus hermanos subidos encima del mostrador», recuerda. Con ese cariño que recibe, Inma tiene claro que además del negocio ella heredó hace tres años a unos vecinos que, más que esos, se han convertido en parte de su familia. Tanto es así que hasta una de ellas, con casi noventa años de vida, le lleva cada mañana el desayuno para que no tenga que salir del quiosco. «Ella llega, pasa por aquí, va a desayunar al Tendido 11 y luego me trae el café y la tostada que me prepara Miguel», explica. Yclaro, con estos vecinos y clientes sólo puede sentirse en familia. Entre ellos también, «muchos estudiantes, gente de La Algaba que coge aquí al lado el autobús y muchos extranjeros», enumera. A éstos últimos, Inmaculada les guarda un cariño muy especial y, además, procura darle un servicio al que no puedan ponerle ni una pega. «Hay turistas extranjeros que vienen a Sevilla a verme y que han vuelto una segunda y hasta una tercera vez», cuenta. Un ejemplo más de lo que para esta quiosquera es una de las mayores satisfacciones de su trabajo: el cariño de la gente que pasa por su punto de venta cada día. Aunque sin duda, la más especial de todas estas vecinas es la Macarena. Cada mañana, cuando abre su quiosco a eso de las siete y media de la mañana, ya empieza a darse cuenta de lo privilegiado de su balcón a la Esperanza. «Me dice la gente que van a ver a la Virgen o a la Señora y yo siempre les digo que pidan por mi familia, por mi chiquillo y por mi». A Inma le encantaría hacerlo en persona pero «me coinciden los horarios de trabajo y sólo puedo entrar de vez en cuando». A pesar de ello la siente muy cerca, sólo tiene que alzar la vista para intuirla. O mirar a su muñeca izquierda, en la que luce una pulsera con la leyenda Esperanza Macarena. «Fue un regalo de Nicoleta, la señora que vende recuerdos de la Virgen en el puesto que está debajo del Arco». En ella, además de un regalo, está el buen ambiente que reina entre todos los comerciantes de la zona. «Habitualmente intentamos no pisarnos. Lo que hacemos es que lo que vende una no lo vende la otra y así todos salimos adelante». Una lección de compañerismo que se ha forjado con el paso de los días. Ahora, cuando Inma vuelve la vista atrás, se considera una persona «feliz» con lo que hace. Aún así reconoce que «es un poco extresante cuando tienes una familia a la que atender». Apesar de ello, sus mañanas transcurren a diario en la desembocadura de la Resolana, justo delante del Parlamento de Andalucía. Allí ve pasar los lunes, los martes... todos los días de la semana. Hasta los domingos. Y lo hace satisfecha, aunque algunas veces sienta envidia sana del resto. Por eso reconoce que para ella lo más duro es «ver los domingos cómo pasea la gente con su familia y tener que dejar a mi niño en casa». Es sin duda su familia a lo que más apego tiene en su vida, a su marido y a su hijo. Pero también a su madre y a su abuela. Ellas vivían en este barrio de la Macarena que hace tres años le abrió las puertas a Inmaculada para que se sintiera como en casa vendiendo prensa y revistas. Con el paso del tiempo ha devuelto tantísimo cariño poniéndole pasión a lo que hace y defiendo el futuro de papel, algo que para muchos parece haber pasado de moda. «Como se lee un periódico con su papel no se hace de otra forma. Yo he intentando leerme uno en el ordenador y he sido incapaz. Es muy incómodo», dice. Larga vida al papel, pide Inma, como un largo futuro esperamos que tenga un quiosco donde la prensa y la vida saben mucho de Esperanza.

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