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Baño de multitudes en la salida jubilar de la Estrella

San Jacinto lució engalanada con estrellas del Belén y un pasillo de flores de papel

el 12 jun 2010 / 20:30 h.

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Sin el relicario del Lignum Crucis de su mano derecha. Sin puñal atravesando su pecho. Sin el pañuelo de cada Domingo de palmas en la mano izquierda. La Estrella se asomó ayer a Triana algo distinta a como suele cruzar el puente camino de Sevilla la tarde en que la ciudad estrena ilusiones. Ataviada con la saya blanca que según su vestidor, Pepe Garduño, no se le ponía desde "hace 17 o 20 años". Con el fajín del Duque del Infantado prendido a su cintura. Con la toca de sobremanto. Aromada por los nardos que también exornaron su palio hace 50 años, cuando celebraron los cuatro siglos de vida. Iluminada de nuevo por velas rizadas, estampa que no se repetía en San Jacinto desde hace 15 años. Así se apareció la Estrella ayer a los miles de devotos que abarrotaron cada calle, cada rincón, cada esquina del recorrido de una procesión triunfal con la que la corporación de San Jacinto ha querido conmemorar sus 450 años de historia.


La calle San Jacinto lucía como nunca, engalanada para la ocasión con estrellas del Belén en los balcones y, sobre su adoquinado, un pasillo pintado con cal y adornado con flores de papel.


Más de media hora tardó en salir de la capilla el kilométrico cortejo de hermanos con cirio y representaciones de estandartes que precedían al palio.


El arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, quiso "reparar el desaguisado" de por la mañana -cuando una huelga encubierta de controladores aéreos le impidió estar en Sevilla para presidir la función pontifical conmemorativa celebrada en Santa Ana- y acudió a presidir la salida de la Virgen.


La hermandad le agasajó con el regalo de una cruz pectoral de plata, con un diseño a base de azucenas, en cuyo reverso aparece grabado el nombre de Cándida Pelegrina, la madre del arzobispo, fallecida hace unos meses.


A las puertas de la capilla, la hermandad de la Estrella de Coria del Río había dispuesto una alfombra confeccionada con sales de colores con el emblema de María como dibujo. Pasadas las ocho de la tarde, después de volverse completamente hacia la imagen del Señor de las Penas, el palio de la Estrella asomaba a San Jacinto a los sones de La Estrella Sublime, bajo una interminable petalada para el recuerdo. Se iniciaba así una procesión de más de nueve horas por calles estrechas del arrabal en la que la Estrella, distinta a como aparece cada Domingo de Ramos, encendió miles de corazones.

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