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Barack Obama

El próximo día 4 de noviembre el pueblo norteamericano elegirá al presidente que habrá de regir los destinos del país más poderoso del mundo. Se sigue escrupulosamente la tradición, establecida en 1845, de hacer coincidir la fecha electoral con "el martes siguiente al primer lunes de noviembre". Y yo quiero definirme, como modesto ciudadano de a pie de un país aliado...

el 15 sep 2009 / 17:00 h.

El próximo día 4 de noviembre el pueblo norteamericano elegirá al presidente que habrá de regir los destinos del país más poderoso del mundo. Se sigue escrupulosamente la tradición, establecida en 1845, de hacer coincidir la fecha electoral con "el martes siguiente al primer lunes de noviembre". Y yo quiero definirme, como modesto ciudadano de a pie de un país aliado, en favor del candidato Barack Hussein Obama.

Pero no precisamente por lo que he leído en estos últimos meses en numerosos artículos de opinión en la prensa española, referentes a los aspectos programáticos progresistas de su candidatura, sino por razones históricas relacionadas con su propia biografía personal. Comparar el partido Demócrata con el PSOE y el partido Republicano con el PP es un tremendo disparate que deriva del desconocimiento de la propia realidad norteamericana.

Ambos partidos tienen en Estados Unidos muchas más cosas en común que puntos discrepantes en sus programas, sobre todo en temas relacionados con la política exterior, el papel de los Estados Unidos en el mundo, la seguridad nacional y la salvaguarda de los intereses económicos del país. Son como dos grandes círculos secantes cuyas superficies se superponen en más de un 80%.

Mis alumnos norteamericanos, que son numerosos, me dicen que la mayoría de los electores de los dos partidos tendrían más cabida hoy en nuestro Partido Popular que en el Partido Socialista. Siempre son los lobbies y grandes grupos de presión los que financian las campañas y después pasan factura durante los cuatro años de mandato presidencial. Y no sufragan exclusivamente la de John McCain, ya que hay que recordar que sólo en el mes de septiembre Barack Obama he recibido ayuda para su campaña por un importe que se estima en cerca de cien millones de dólares.

Quiero que gane Obama porque sería decisivo y trascendental en la futura y definitiva integración social de los Estados Unidos que triunfara un candidato de color, concretamente mulato, hijo de padre negro y madre blanca.

Los Estados Unidos no nacieron (como anualmente se celebra en el Día de Acción de Gracias) con la llegada a Nueva Inglaterra en 1621 de los rubicundos y puritanos Padres Peregrinos en el buque Mayflower. El primer asentamiento permanente británico en suelo norteamericano fue Jamestown, fundada en 1607, capital hasta 1689 de la primera de las Trece Colonias, Virginia, que implantó el modelo esclavista en sus rentables plantaciones tabaqueras.

Pero eso no se celebra. La esclavitud se mantendría en Estados Unidos hasta el final de la Guerra de Secesión (1865). Cuando yo vine al mundo en 1948 todavía vivían miles de negros que habían nacido esclavos en suelo norteamericano. Y tampoco soy tan viejo. Pero hoy, en el año 2008, Barack Obama podría ser el primer presidente de color de este gran país. Yo lo deseo vivamente. Pero no por su programa. Sino porque cerraría todo un ciclo histórico de esclavitud y marginación de la población negra. Los historiadores cobramos por escrutar el pasado y por equivocarnos al vaticinar el futuro. Pero en esta ocasión me gustaría no equivocarme.

Catedrático de Historia de América y miembro del Consejo Editorial de El Correo.

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