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Cofradías

Barbeito... o el pregón de la oportunidad derrochada

El pregonero de la Semana Santa 2010 ha mantenido una conversación con Dios y con Sevilla, a la que no nombró hasta el último párrafo.

el 20 mar 2010 / 11:11 h.

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Antonio García Barbeito, en el transcurso de su pregón.

Su nombramiento despertó hace meses una inusitada y poco habitual unanimidad en las siempre delicadas quinielas del pregón, un acierto pleno, conociendo las dotes retóricas que adornan a Barbeito. Ayer, sin embargo, a la salida del Teatro ese beneplácito generalizado, esa fe ciega que la ciudad había depositado a manos llenas en el cuenco de las del pregonero se había tornado ya en división de opiniones.

Para unos lo escuchado ayer en el Maestranza alcanza la categoría de pieza literaria excepcional, una suerte de meditación profunda, atípica, quizás para minorías, pero honda y muy de verdad. Un tú a tú con Dios desde la duda de un excepcional poeta en la inmensa soledad del campo. ¿Hay algo más bello? Hombre y Cristo a solas. Para otros, la hora y ocho minutos -sin cortes para el aplauso- con que Barbeito anestesió al personal puede calificarse de todo menos de pregón de la Semana Santa de Sevilla. Hasta al arzobispo Asenjo cazaron las cámaras dando una cabezadita.

Lo cierto es que hasta el entorno más cercano al pregonero salió Paseo Colón abajo con el gesto algo torcido y lamentándose de la oportunidad perdida. "Barbeito nos debe otro pregón", insistían sabedores, como son, de la arriesgada apuesta oratoria planteada ayer por el de Aznalcázar cuando con "juntar todos los nombres y que todos sonaran como las campanillas", como dijo ayer el protagonista, le habría bastado para salir airoso del envite y cortar las orejas y el rabo.

Pero Barbeito quiso ser valiente, rizar el rizo, y en un alarde de genialidad y de honestidad escogió el camino más difícil conduciendo a su pregón por la tortuosa e incomprendida senda del ensayo cuasi místico cuasi filosófico, de la meditación profunda y personal, enmarcada, eso sí, en una hermosa y larga carta a esa "muchacha" llamada Sevilla, a la que sólo nombró en la última palabra de su disertación. Es el riesgo que se corre con los pregones de autor. Quizás Barbeito confundiera la razón última del acto que reúne cada Domingo de Pasión a los cofrades en el Maestranza, situándose a él y sus circunstancias en el centro del texto. ¿Un pregón egoísta? "Es el pregón que yo me hubiera dicho ante el espejo", reconoció el escritor días antes de abrazar el atril. Y quizás pensara Barbeito que, más grato que rimar Sevilla con maravilla, iba a resultar al auditorio oírle contar sus dudas personales con el Dios agrario de sus adentros, "el que se esconde en los secretos impenetrables de esa cámara de seguridad inviolable, que es la conciencia de cada uno".

Entre los surcos de su pregón no hubo espacio ni sitio para las hermandades ni para las advocaciones. "¿Qué dirás de la mía?, me preguntan al paso". Renunció voluntariamente a realizar un recorrido por el rosario de imágenes más universales de la ciudad -sólo citó a la Estrella-, renunció a llenar su pregón de esquelas de los que ya se fueron y hasta evitó situarse físicamente en la Semana Santa de Sevilla. De lugares comunes están los pregones llenos. No. Barbeito prefirió asumir riesgos, ser absolutamente honesto consigo mismo y con un pregón hecho a su medida, vacío de efectismos, con una pieza de incuestionable calidad literaria, llena de poesía, de profundidad religiosa y de palabras aparatosamente sinceras saldar de esta forma tan original como arriesgada su compromiso con Sevilla, aunque ahora le toque "recorrer un territorio de cuchillos que cortan hasta el mango".

Contenido. Barbeito, hombre de aguardo más que de dicha plena, arrancó su pregón de la Semana Santa con un memorable canto a la víspera: "Parece que es la hora, y no es la hora./ Parece que está todo... y algo falta/ (...)", hermosos versos que remató con esta estrofa: "Esperad, mis pacientes paisanos:/ para tocar el cielo con las manos/ nos falta solamente una semana". Acto seguido, todavía en el prefacio de su pregón, llegarían las explicaciones del pregonero al auditorio después de la enorme controversia generada en las vísperas por sus últimas declaraciones públicas en las que aseguraba que no era hombre de Iglesia.

En un añadido a su texto original, que no aparecerá en la edición impresa de su pregón, Barbeito se presenta como "un hombre que ha vuelto a reencontrarse como en un alba inesperada con el manantial de inquietudes que me ha regalado Cristo en nuestro enésimo encuentro". A quienes se han atrevido a cachear su alma de creyente por estas declaraciones, Barbeito les responde: "No existe la volumetría que mide la fe, ni la unidad patrón mediante la cual sepamos cuánto Dios lleva cada uno alojado en los costados. Un hombre es un universo incomparable al que juzgará quien deba juzgarlo cuando llegue la hora". Y para reconciliarse con el auditorio y lanzar más dudas sobre la fidelidad periodística con la que se recogieron sus declaraciones, el de Aznalcázar avisó de que iba a "contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de lo que cocina Dios en mis pucheros. Yo soy el que vais a oír, no el que os hayan dicho".

Después de esta introducción, Barbeito inició desde la distancia que separa a su pueblo Aznalcázar de la capital su larga y hermosa carta a esa "muchacha" de hermosura perfecta a la que siempre le quedará su belleza. Con una prosa maravillosa y envolvente, el pregonero relató su primer viaje, ya de muchacho, de su pueblo a Sevilla para conocer la Semana Santa. "Yo fui a buscarte, con un amigo, allí donde muerden el tiempo las almenas y tiembla cinco veces la esmeralda". Y su amarga experiencia de una noche sin cofradías a causa de la lluvia y atenazado por el miedo, el hambre, el frío y el sueño. Juró no volver. "Pero tú eres mucho tú, muchacha. Por eso volví a ti tantas veces. Por eso vuelvo. A verte en la calle, siempre en la calle". Le siguió un bello canto a Sevilla volcado en los mejores versos que jamás se hayan escuchado en el Maestranza a la ciudad. Y le dijo cosas al oído como que "La primavera no sucede en ti: eres tú la primavera. La Semana Santa no pasa por ti: tú la haces y le dices que sea. Pero en ti, por ti, ajustada a ti. Tú impones las medidas, el canon".

Humilde, a Barbeito no le importó reconocer su tardío acercamiento a la Semana Santa: "No encontrarás mi infancia si buscas por tus calles; no estaré entre tus niños del Domingo de Ramos; no hallarás una túnica colgada en mi ropero...".

La muerte de su padre en plena Semana Santa, "larga agonía de un honrado hombre de campo", también inspiró al pregonero: "Mi pasión más dura estaba allí, en aquel Miércoles Santo que se adelantó Viernes, cuando un sayón de guardia con bata blanca y fonendo leyó la sentencia: ‘No llegará al mediodía'. Y nos lo trajimos envuelto en una sábana donde ya empezaba a dormirse la muerte".

Fue en los compases finales del pregón cuando Barbeito quiso hacer aflorar las íntimas conversaciones que ha mantenido con su "Dios agrario". "Yo a Dios lo tuteo en el trigo y el río que pasa y aquí es otra cosa, un respeto distinto. Allí lo siento más cerca de su origen -un portal, un pesebre, una mula, un buey, el campo abierto....". Expresando sin tapujos sus dudas de fe. Hombre y Cristo a solas. "El mismo que me llama y no contesto,/ el que siempre me encuentra con lo puesto./ El que sigo buscando todavía". García Barbeito en estado puro.

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