Cultura

Barroco, rock y un sonar de época

Los músicos sevillanos han sido protagonistas en el Festival de Música Antigua con cuatro originales recitales que alcanzaron su punto de mayor interés con una agradable sesión de música romántica en el Espacio Santa Clara.

el 07 abr 2014 / 21:17 h.

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femas Leo Rossi y Alberto Martínez Molina.

XXXI Festival de Música Antigua * * * Espacio Santa Clara. 4, 5 y 6 de abril. Intérpretes: A. Martínez Molina y H. Kurosaki / J. Núñez y L.Rossi / E.Lievonen y R.Ruibérriz /Electric Pleasures.J.C. Rivera.

Por Juan José Roldán e Ismael G. Cabral

Hiro Kurosaki es un virtuoso y un enamorado del violín barroco, capaz de transmitir su compromiso y pasión, mientras Alberto Martínez Molina domina las más complejas articulaciones y sonidos del clavicémbalo como un consumado maestro. Con un programa en el que Haendel y Couperin se dieron la mano con su admirado Corelli, los dos artistas manejaron cómplices dúos amorosos, como el encantador y delicado Rittratto dell’amore del francés; y enfrentados, como la muy contrapuntística cuarta de las sonatas de Bach, que Hurosaki convirtió en una ilustración de Orlando Furioso y a partir de la cual comenzamos a atisbar la genialidad de Martínez Molina. Las 23 enrevesadas variaciones sobre La Follia de Corelli se desplegaron con una gran riqueza ornamental, mientras en las desenfadadas sonatas de Haendel en forma da chiesa sus aparentes improvisaciones alcanzaron un nivel sublime.

Con idéntica formación, Leo Rossi y Javier Núñez serpentearon el sábado por la noche por un programa dedicado a la música francesa. Núñez se mostró algo inseguro en la compleja e hipervirtuosística Les Cyclopes de Rameau, pero leyó de manera atractiva las piezas de Duphly y Balbastre, con un sonar paladeado, vaporoso en los momentos lentos, con hábiles retenciones y un fraseo formidable. Rossi es un músico de conjunto que sorprendió con un recital de solista de gran altura. Cierto que el sonido de su violín quedó en ocasiones algo empequeñecido, y que Leclair sonó alicaído, pero con la Sonata I de Mondonville se alcanzó un sobresaliente maridaje donde relucieron todos los afectos de la música. Idénticos elogios para Couperin, como si las piezas más pretéritas sentaran mejor a sus posibilidades.

En la jornada matinal del domingo se produjo uno de los conciertos más esperados de este FEMAS, por la concurrencia en el mismo de un fortepiano, instrumento puente entre el clave y el piano en cuya sonoridad reside una autenticidad mucho mayor que la del instrumento rey cuando del repertorio del siglo XVIII y XIX se trata. El holandés Ere Lievonen sustituyó a última hora a Yago Mahugo, y pese a la premura, detuvo el tiempo con el Allegretto moderato de las Tres Piezas D946 de Schubert, en una versión ágil, sin afectación, de diáfana exposición y sonar reposado. Pero fue en la Mazurka en la menor Op.17 nº4 de Chopin donde, además de al buen músico, advertimos al artista capaz de hacer aflorar las esencias del pentagrama.Sobresaliente también en la flauta Rafael Ruibérriz, de rico fraseo y buen uso del fiato, muy inspirado en las Variaciones sobre el Trockne Blumen de Schubert. Lo hemos dicho alguna vez; la música romántica con instrumentos históricos debería ser ya una parada obligada en la agenda del festival.

Este se abrió a la música contemporánea con una original propuesta del guitarrista Juan Carlos Rivera, cuyo estreno tuvo lugar en las pasadas Noches del Alcázar con un programa distinto pero siempre en torno al gran teórico y virtuoso de la tiorba, Kapsberger. Un trabajo de transformación y amplificación con la guitarra eléctrica como protagonista y la música del primer barroco sonando a Pat Metheny, rock ‘n roll y música de relajación. Rivera mantuvo la línea melódica, una atenta Consuelo Navas acompañó en la cuerda grave y Teresa Martínez al vibráfono y una sutil percusión. Dos estrenos absolutos, uno muy jazzístico del propio Rivera en homenaje al compositor italoalemán, y otro del también sevillano Antonio Flores con un carácter más comprometido y un interesante juego de posibilidades acústicas y eléctricas, redondearon este singular experimento.

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