Cultura

Benicàssim: Flamenco rotundo para las masas

La última y más esperada jornada del Festival Internacional de Benicàssim logró la noche del domingo con Morrissey, celebrar el gran concierto masivo que necesitaba esta compleja edición y, con Enrique Morente, que los ingleses que la monopolizan sepan cómo suena en directo el flamenco más rotundo.

el 15 sep 2009 / 08:24 h.

La última y más esperada jornada del Festival Internacional de Benicàssim logró la noche del domingo con Morrissey, celebrar el gran concierto masivo que necesitaba esta compleja edición y, con Enrique Morente, que los ingleses que la monopolizan sepan cómo suena en directo el flamenco más rotundo.

Tras los ecos del éxito logrado por Leonard Cohen en el Escenario Verde, el artista de Manchester tenía ante sí el reto de ofrecer un concierto con mayor tirón popular que el de su anterior visita al FIB, en 2006, algo que consiguió en bastantes momentos de su concierto del domingo ante la mayor audiencia que ha congregado un artista en esta edición.

Tras la reciente publicación de un nuevo disco de grandes éxitos, los fibers esperaban una sucesión ininterrumpida de esos temas que forman parte de uno de los repertorios más respetado del pop-rock de los últimos 30 años, el labrado primero por The Smiths y, desde 1988, por Morrissey en solitario, y que tanto han influido en las generaciones de los 80 y los 90.

A lo largo de 75 minutos, dieciocho canciones, tres camisas y otras tantas caídas voluntarias para escenificar su particular catarsis artística, Morrissey regaló a un público totalmente entregado algunas de sus piezas más conocidas.

En otro extremo musical, el flamenco también tuvo su espacio de gloria en el FIB de la mano de Enrique Morente y Lagartija Nick, rememorando su legendario álbum conjunto Omega (1996), construido sobre versos de Lorca y canciones de Leonard Cohen.

Un plato fuerte de digerir para públicos poco acostumbrados a los lances puramente españoles que, no obstante, devino en la consecuencia más implícita de este arte: convertir la amargura en alegría y llenar el recinto, poquito a poco, de improvisados palmeros.

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