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Bienvenido a la república independiente de su bisabuela

Una exposición sobre Pickman trae a la actualidad ese gran monumento al pasado que es el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla. Un lugar ideal para aprender una o dos nociones sobre el estado del bienestar... y el del malestar.

el 21 feb 2012 / 19:26 h.

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Fíjese usted: crisis gorda, la gente sin un duro, acercándose el fin de mes y, encima, entre semana. Total, que habían perdido ya toda esperanza las doscientas palomas de la Plaza de América, que retemblaban de hambre las pobres por miedo a morirse quietas, cuando una turbamulta de zangolotinos de instituto, arrastrando los pies procedentes de la Palmera, irrumpió en aquel desierto y, arramblando con el puesto, les devolvió la vida a manotazos de arvejones. Menos mal que pusieron los museos en el Parque, que es adonde iba esta excursión muchachil. La excusa: llevar a los niños a la nueva exposición de cerámica de la Cartuja que han inaugurado en el de Artes y Costumbres Populares; la razón de fondo: conducirlos por el sótano de ese edificio para hacerles ver cómo, con cuánto y de qué vivían los sevillanos hasta anteayer mismo, por si eso les sirviese para alguna reflexión. Llorar, lo que se dice llorar, no se vio a ninguno a la salida. Preguntarse cosas, tampoco. Lo cierto es que no había por allí un cráneo como el de Yorick, para ponerse uno en plan Hamlet. Pero bueno, tras una de las vitrinas había un orinal del siglo XIX que ofrecía las mismas prestaciones. Quien no reflexiona es porque no quiere.

Dejando a un lado sus indiscutibles méritos (que los expertos en la materia sabrán bien valorar), la verdad es que para los profanos en asuntos cerámicos no hay un antes y un después de haber visto la exposición (está al frente, en el patio), siendo como es tan divertida como quepa esperar de una muestra de cerámica de la Cartuja, pero el museo en sí (o sea, todo lo demás) es escalofriante. Es, por resumirlo de forma atroz, una especie de mezcla decimonónica del Ikea y del Leroy Merlín. Además, es el único museo de la capital hispalense donde huele horrores a vino (quien no vaya se quedará sin saber por qué). Si con este preámbulo no ha conseguido figurarse del todo el ambiente, el lector que se anime a descender estas escaleras encontrará una valiosa ayuda en la musiquilla de fondo, en las losas grises y viejas que dan a los pasillos pinta de pasadizos o, a veces, de patinillo. Sobre ese suelo anciano, conforme avanza, no es que vea uno pasar ante sus ojos su propia vida, sino la de su bisabuela: talleres de oficios no ya perdidos, sino encontrados muertos; primorosos azulejos que son lo único que hoy queda de grandes casas señoriales, la calderilla de aquella prosapia. Es curiosa la comparación entre lo que puede verse en la planta baja, donde reposan noblemente los muebles y otros enseres de la distinguida familia Díaz Velázquez, y en ese semisótano donde se recoge la vida popular andaluza, con todo su porte de chismes, polvo, cobres y astillas. Arriba, la caoba y el fanal con niño Jesús; abajo, el tablón de pino y el cartel de toros. Arriba, el bordado y la mecedora; abajo, la alpargata y el tajo.

Si tiene usted media hora y no sabe qué hacer con ella, vaya a ver el Museo de Artes y Costumbres Populares. Algo insólito aparecerá ante sus ojos. Si alguna vez Andalucía recupera sus ancestrales cultos familiares, esta será sin duda su catedral. Mientras, es el pasado a bofetadas. Y todo lo que tiene de muerte lo tiene de vida, de esperanza, de supervivencia. Pregúntele si no a una paloma.

De utilidad:

La directora del Museo de Artes y Costumbres Populares, Montserrat Barragán, comentaba la otra mañana a El Correo que, en realidad, la exposición La Cartuja, mucho más que loza no se ha hecho para atraer más visitantes a esta institución cultural, sino porque "Sevilla se lo debía a la Cartuja". Va a ser por visitantes: "Rondamos las 90.000 visitas al año, más o menos como el Museo Arqueológico, y por suerte no nos hace falta el tirón que pudiera darle esta exposición." Una muestra donde hay mucho más que platos pintados: jarrones, un orinal, una cabeza frenológica, un vídeo... Y platos, claro.

Qué: Museo de Artes y Costumbres Populares. Dónde: Pabellón Mudéjar, Plaza de América. Cuándo: De 9 a 20.30, de martes a sábado. Domingos, de 9 a 14.30. Cuánto: Gratis.

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