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Bullicio, sol, barrios, mantillas, fe y sobre todo esperanza

No hay duda que la mañana del Jueves Santo es única en Sevilla.

el 28 mar 2013 / 17:22 h.

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No hay duda que la mañana del Jueves Santo es única en Sevilla. Lo es por la cantidad de gente que sale a la calle, por las colas que serpentean los templos, por el sabor que adquieren los barrios y por ser el arranque de una jornada que acaba por fundirse con la Madrugá del Viernes Santo. Una mañana en la que, además, las mujeres de mantilla retoman esa tradición de pasear de luto en la visita a los Sagrarios, aunque sean otras las motivaciones que las llevan a hacer uso de este atuendo. Pareja de mantilla junto al Señor del Gran Poder. Pareja de mantilla junto al Señor del Gran Poder. Todo eso ocurría ayer por la mañana en Sevilla. Se veían interminables colas -especialmente en las iglesias de aquellas imágenes que concentran una mayor devoción- y también mujeres de mantilla. Como siempre con la eterna duda de si había más o menos que en años anteriores y la única certeza de que cada vez son más las jóvenes que optan por recuperar esta tradición. La Plaza de San Lorenzo era un auténtico catálogo de cómo lucirla, mientras se esperaba para visitar al Gran Poder. O en el Silencio, donde el decano del colegio de Abogados, José Joaquín Gallardo, hacía entrega de su bastón de mando para que lo luciera la Virgen de la Concepción en la Madrugá. Era una mañana muy especial también para todas las hermandades del Jueves Santo. En pocas horas podrían poner sus cortejos en la calle tras varios años aciagos.  Reinaba así el optimismo en Monte-Sión y Los Negritos, cuyos primeros pasos lucían un originalísimo exorno floral que no dejaba a nadie indiferente. De lo que más se hablaba en la Macarena era que finalmente la Virgen lucía el fajín de general. Era sólo el primer comentario, pues en una Basílica a rebosar todas las miradas acababan por coincidir en el rostro de la Esperanza. Como en Los Gitanos, donde la hermandad recibía la visita del hermano mayor de Redención, José Antonio Moncayo, para desear una buena estación de penitencia. Y lo mejor es que, después de varios días, ya nadie miraba con preocupación hacia el cielo. VER FOTOGALERÍA    

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