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Canales y Rubén Olmo no llenaron el teatro

Algo más de media entrada de público en el Maestranza para dos montajes ya vistos en Sevilla y Granada.

el 05 sep 2012 / 22:16 h.

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Antonio Canales en el espectáculo que estrenó en el Maestranza para la Bienal.

Teatro de la Maestranza. Ballet Flamenco de Andalucía.
Coreografías: Metáfora, de Rubén Olmo, y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Antonio Canales.
Artistas invitadas: Pastora Galván y Patricia Guerrero.
Entrada: casi lleno. Sevilla, 5 de septiembre de 2012.



Parece que Andalucía tiene ya un ballet con infinitas posibilidades, las que puede darle un bailarín sevillano, Rubén Olmo. Lo ideal es que lo pusieran en manos de un bailaor, por ser un ballet flamenco, pero tampoco hay muchos que, además de ser grandes bailaores, sean capaces de dirigir un ballet. Bailaoras sí existen que serían capaces, pero tienen sus propias compañías y no les apetece ponerse en manos de los políticos o de gestores colocados a dedo por los políticos. Lo que es preocupante, al margen de la calidad o no del Ballet Flamenco de Andalucía, es que el Maestranza registrara algo más de media entrada, que si contamos con las entradas destinadas a protocolo y enchufados varios, es para preocuparse de verdad. Fue una lástima, porque los dos montajes que se presentaban tuvieron cosas muy interesantes. En la primera parte, Metáfora flamenca, y en la segunda, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, ambas coreografías del bailarín Rubén Olmo, artista verdaderamente espectacular.

La auténtica protagonista del primer montaje fue la bailaora sevillana Pastora Galván, que, aunque exagera su forma de bailar hasta el punto de rozar la parodia, derrocha arte en sus movimientos y poses. No tiene ya esa frescura que nos enamoró hace una década, pero ha ganado en técnica y en su combinación de arte y técnica está ahora su verdadero valor. En las alegrías se paseó con mucho garbo y en las bulerías nos recordó cómo bailaban las gitanas de Triana, las de la Cava Gitana, Pepa la Calzona y otras muchas, que lamentablemente ya se fueron. Este rescate de la memoria del baile de antaño compensó un poco la frialdad y el escaso arte del cuerpo de baile, aunque aquí hay que valorar más el conjunto que las individualidades, como es lógico.

También maravilló de nuevo la bailaora granadina Patricia Guerrero, sobre todo en el taranto que hizo junto al bailaor Eduardo Leal.

El montaje dedicado al torero Ignacio Sánchez Mejías, basado en el célebre poema de Lorca, contó con la fuerza dramática del maestro Antonio Canales, algo torpe de movimientos pero con esa manera que tiene de comunicar y de lograr que te creas todo lo que hace. Encarna al torero, y Rubén Olmo a Federico, consiguiendo entre ambos crear una atmósfera interesante, con una música que por momentos era magnífica, aunque con una parte teatral llena de tópicos que presenta a un Ignacio juerguista y mujeriego. Sin embargo hubo momentos, efectos escenográficos que engancharon bien al público, como el de la muerte del torero y, sobre todo, la lectura en off del poema de Lorca por parte de Canales, amén de alguna que otra genialidad con las luces.

El final de la obra es algo confuso, con el torero muriéndose y resucitando, una vez para bailar y otra para torear. Teatralmente no estuvo bien resuelta esa parte, pero algunos efectos coreográficos y luminotécnicos lograron emocionar al público, que disfrutó por igual con las pinceladas geniales y las chabacanerías, que también las hubo.

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