Cofradías

Capa y cola en una cofradía

El Museo cerró el día con un cortejo lleno de sobriedad en el crucificado y de alegría en el palio

el 18 abr 2011 / 21:43 h.

El paso del Cristo de la Expiración avanza por la Plaza del Museo entre las últimas luces del Lunes Santo.

El Lunes Santo tiene dos caras. Una más festiva y con sabor a barrios que se prolonga hasta que se esconden los últimos rayos del sol. La otra, aquella que nace en el ocaso de la tarde transformada en música de capilla y un clasicismo de aires románticos. Así es la hermandad del Museo. Dos cofradías en un sólo cortejo que es capaz de combinar el silencio inerte del crujir de la madera del Cristo de la Expiración con la algarabía de la capa blanca de los nazarenos de la Virgen de las Aguas.

No había más que apostarse en las puertas de la capilla del Museo para toparse con esta bipolaridad de su cortejo. La tarde es en general muy peculiar en el entorno de la calle Alfonso XII. Los caprichos horarios del día son los responsables de que la cruz de guía del Museo avance por su plaza mientras aún se adivinan las notas musicales de la banda de Tejera tras el paso de palio de la Virgen de los Dolores de la hermandad de las Penas. Así es el Lunes Santo y poco se puede hacer en una jornada en la que los horarios están afinados al máximo.

Por la singularidad del cruce -la esquina de San Vicente y Alfonso XII parecía más que otra cosa una prolongación de la Campana- eran cientos los sevillanos que se apostaban para ver pasar estos dos cortejos hechos uno. De este modo, una buena silla y algo de comer se convertían en el mejor avituallamiento para disfrutar del ocaso del día en el Museo. Tampoco venía mal algo de agua para refrescar un día que a pesar del riesgo de lluvia había vuelto a ser muy caluroso. Algo así intentaba hacer una familia de la localidad de Arahal que aseguraba no perderse nunca el discurrir de esta hermandad.

Minutos antes de abrirse las puertas de la capilla, unas gotas de lluvia que ni siquiera mojaban convertían la Plaza del Museo en un paisaje de paraguas de todo tipo de colores. Más allá del hecho de usarlos por haber cargado con ellos todo el día, poco se entendía un gesto que desapareció cuando una ovación respondía al gesto de la hermandad de poner su cruz de guía en la calle. Ni siquiera hubo motivos para el nerviosismo porque esa leve llovizna había sido anunciada y esperada por todos.

Aquí todo es silencio. Se nota que a estas horas sólo quedan en la calle un tipo de público muy distinto al que las masifica a primeras horas del día. Con celeridad y máximo respeto los primeros nazarenos tomaban la Plaza del Museo portando unos cirios color tiniebla que esperaban la salida del crucificado para alzarse al costado. Con la tarde perdiéndose en un mar de veladuras violetas, el Cristo de la Expiración se enfrentaba a la puerta de su capilla. El silencio que enmudecía por entonces la plaza era roto por los golpes secos de un llamador que aventuraba el milagro.

DE CAPA. La cofradía cambia por completo tras el crucificado. La cola de sus túnicas se transforman en blancas capas que llenan el cortejo de estampas, caramelos y sueños infantiles, como un recuerdo de lo que fue este Lunes Santo al amanecer del día. Eso sí, tanta algarabía no es capaz de frenar los cortes que se producen en la cofradía entre tramo y tramo. Pero no importa. El deseo por ver a la Virgen de las Aguas poner las últimas notas musicales al día pueden más que el transitar inconstante de sus nazarenos.

Otra vez el desafío a la estrechez de la puerta de la capilla. Doce varales que besan el dintel mientras la Oliva de Salteras entona Virgen de las Aguas para la imagen. Los pequeños monaguillos que la preceden buscan su mirada entre pinceladas costaleras junto al Museo de Bellas Artes. Es el futuro que asegura la eternidad del ocaso del Lunes Santo en la Plaza del Museo.

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