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Catorce horas de Esperanza

Pasadas las 11.30 horas de la mañana de ayer, el palio de la Esperanza de Triana posaba los zancos en la capilla de los Marineros. Catorce horas de regreso en una de las procesiones extraordinarias más duraderas, intensas y desbordantes que se recuerdan. Los relojes se pararon en Triana.

el 16 sep 2009 / 03:55 h.

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Pasadas las 11.30 horas de la mañana de ayer, el palio de la Esperanza de Triana posaba los zancos en la capilla de los Marineros. Catorce horas de regreso en una de las procesiones extraordinarias más duraderas, intensas y desbordantes que se recuerdan. Los relojes se pararon en Triana.

Una cerrada e interminable ovación de las centenares de personas arracimadas en la calle Pureza ponía el colofón, pasadas las 11.30 horas de la mañana, a toda una noche, madrugada y amanecida de intensas emociones a un lado y al otro del puente. El paseo triunfante conmemorativo de las bodas de plata de su coronación tocaba a su fin.

Si hace 25 años, la Virgen retornaba a casa, recién coronada, a las 10.10 horas de la mañana, en la jornada de ayer se pulverizaron los registros más inimaginables de una salida extraordinaria, alcanzándose las catorce horas de procesión.

De poco o nada le sirvieron a la hermandad las apremiantes recomendaciones del Cecop para que el cortejo se ajustara al máximo a su horario oficial de entrada, fijado en principio, de manera estimativa, a las cinco de la madrugada, con la intención de que la procesión no se solapara con el despliegue del dispositivo previsto para la jornada electoral.

El retraso de más de dos horas con el que ya salió el cortejo de la Catedral, la ingente marea humana que caminaba ante las andas, impidiendo que el paso avanzara, y la ausencia de prisas entre los responsables de la comitiva hicieron que las horas fueran pasando y pasando sin la menor pesadumbre.

Los números son asombrosos. Según las estimaciones del Ayuntamiento, más de 100.000 personas arroparon a la dolorosa de la calle Pureza en su regreso a la capilla de los Marineros. Desaparecida por completo la amenaza de lluvia que obligó a demorar la salida de la Catedral, la comitiva discurrió sin prisas rodeada de un ambiente extraordinario.

La Virgen empleó más de cinco horas en recorrer el camino que separaba el Ayuntamiento de Sevilla del puente de Triana, meta volante en su recorrido hacia el arrabal. Alcanzada a las 4,45 horas la cabecera del puente, bajo el mismo letrero con el lema Triana con su Esperanza que le daba la bienvenida, el paso dio un giro completo de 360 grados para despedirse de Sevilla, escenario que le ha servido de morada durante siete días.

El palio de la Esperanza se enseñorea en los primeros confines de su barrio. Son momentos para el disfrute y para el recuerdo. Ante la Capillita del Carmen, a las 5.20 horas, se desata el delirio. El navío de la Esperanza hace el caballito antes de desembocar en el oleaje embravecido de la plaza del Altozano, donde la Virgen se giró hacia el balcón de la casa de Vicente Acosta, el hombre que llevó el timón de la hermandad hace 25 años. Es ahora, con la cera casi consumida, cuando la Esperanza se apresta a transitar por calles inéditas de su barrio.

Amanece en Triana y la aurora tiñe de un azul añil el palio de malla de la Esperanza. A las 6.45 horas el paso se enfrenta al tramo más complicado de su recorrido, las estrecheces de la calle Antillano Campos. Sometidos a los vaivenes de la bulla, los ciriales que anteceden al paso dibujan a lo lejos una extraña danza ante el palio.

Milimétricamente, al son de la palillera de la Banda de Música Santa Ana de Dos Hermanas, los costaleros de Juanma Cantero salvan los angostos recovecos de esta parte del caserío del arrabal trianero.

Aún hay lugar para la sorpresa. La Virgen dobla la esquina de Pagés del Corro con San Jacinto -dejando a su derecha, a unos 300 metros, el convento donde habitan las madrinas de su coronación- para encontrarse frente a frente con la Virgen de la Estrella.

Son las 7.45 horas cuando el palio de la Esperanza, en su saludo a su vecina de San Jacinto, echa cuerpo a tierra y, ante la admiración de los presentes, se cuela hasta el interior de la capilla, de la que hubo de salir de espaldas. Aún quedan la visita a la Abuela del barrio, con el mudo de Santa Ana como capataz, y el último paseo en volandas por la calle Pureza. Son las 11.32 horas de la mañana cuando todo se desvanece tras la doble hoja de la capilla.

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