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Cautivo bajo la mirada de su Bellavista natal

el 15 sep 2009 / 01:46 h.

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En la calle Caldereros se había congregado una multitud ávida de cofradías. Los primeros pasos del misterio de Jesús de la Salud y Remedio, acompasados por los sones de Redención, se sintieron lentos.

Con un estilo singular y una suave mecida de costero a costero, el Cristo fue cautivando las miradas de sus devotos, apostados en las aceras de un barrio renacido en el ocaso del Viernes de Dolores.

Sonó Cautivo bajo tu mirada mientras Ricardo López pedía dulzura. Apenas había avanzado unos metros cuando una intensa petalada tiñó de color los alrededores de la Iglesia del Dulce Nombre, epicentro de la Bellavista cofrade en una noche de pasión y fe.

En el primer paso figuraba la bellísima talla del Cautivo que tallara Castillo Lastrucci en 1964. Completaban la escena un tribuno romano, el judío Malco y el discípulo Pedro, que sostenía en su mano una espada. Sonaban con cadencia cuidada las cornetas mientras el misterio, con su canastilla aún en fase de tallado, se aproximaba a las zigzagueantes calles de su collación.

En el inicio de su caminar, y tras interpretarse la Marcha Real, sonó Saeta para Él. La primera oración cantada de 2008 en Bellavista y la primera chicotá dedicada a la paz sugirieron momentos de tradición y recuerdo.

Tras Él, y en un palio austero y que transmite sensación de liviandad, apareció Ella, Nuestra Señora del Dulce Nombre. Su rostro, abatido y dulce en un binomio soñado, capturó el amor de los centenares de devotos que esperaban inquietos la aparición de su silueta. Espectacular la saya bordada por Francisco Carrera y el elegante y clásico manto de salida en color azul pavo real.

Caminaba lenta y parsimoniosa hacia la calle Mesones mientras Santa Ana interpretaba un excelente repertorio. Digno para una imagen de un dolor inquebrantable. Volaban altas las palomas para asistir en directo al eterno ritual de Viernes de Dolores en aquel barrio criado al son de la devoción y la fidelidad.

Se respiraba el cariño en cada esquina, en cada balcón engalanado. Y Ella, con la candelería del palio encendida, fue regalando miradas con sus características lágrimas. Se gustó la cuadrilla en las primeras calles. Y la Sevilla cofradiera que se aproximó a su reencuentro anual se retiró por las modernas estrecheces pensando que aquel Viernes de Dolores será eterno en Bellavista. O, al menos, mientras la Campana sea sólo un paraíso lejano.

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