Cofradías

Cautivo y desarmado...

El último parte de la Guerra Civil se leyó el 1 de abril, hace tres cuartos de siglo, en vísperas del Domingo de Ramos de 1939. Comenzaba la primera Semana Santa en paz después de tres años de fuego que mudaron la piel de las cofradías

el 31 mar 2014 / 21:53 h.

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En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La Guerra ha terminado...”. El último parte, leído en Burgos por Fernando Fernández de Córdoba con el tono y la retórica de la época subrayaba el fin de la contienda en el anochecer del 1 de abril de 1939, que fue la víspera del Domingo de Ramos. A varios cientos de kilómetros de allí, la ciudad de Sevilla velaba otras armas muy distintas para su semana más intensa, que ya había recobrado una precaria normalidad en los años 1937 y 1938 bajo el mando férreo del general Queipo de Llano. A pesar de todo, la ciudad recuperaba su pulso pero algunos templos seguían mostrando las heridas de los primeros compases del conflicto. El primero en reabrir sus puertas, el de Omnium Sanctorum, tuvo que esperar al año siguiente para recuperar el culto interrumpido en 1936. Pero aún pasarían algunos años para que iglesias como San Julián, San Gil o San Roque vieran recortarse en el dintel de sus puertas a las cofradías. Juan Pedro Recio, un investigador imprescindible para conocer los resortes de esos años tan convulsos como heroicos, recuerda que la hermandad de la Cena se había mudado a Los Terceros, que también acogía la salida de la Hiniesta. La Macarena, por su parte, residía transitoriamente en la Anunciación; San Roque, en Santiago; Los Gitanos, en Santa Catalina; Montesión, en San Martín. La Mortaja ya no se movió del convento de la Paz, al que llegó procedente de la calcinada Santa Marina para no volver jamás. En cualquier caso, precisa Recio, «asistimos a una Semana Santa mucho más consolidada y asentada. La Guerra termina el 1 de abril de 1939 pero en Sevilla se había acabado en los primeros días del alzamiento». En esa tesitura, las consecuencias directas del 18 de julio fueron patentes en la Semana Santa de 1937 y, de una manera más tangencial, en la de 1938. «Pero en 1939 ya no se nota casi nada al margen de las iglesias que sí permanecen cerradas; las cofradías, con mucho esfuerzo habían comenzado a recuperarse y renovar sus enseres», señala el escritor e investigador. La vida cotidiana recuperaba la normalidad y ese 1 de abril de 1939 del que hoy se cumplen tres cuartos de siglo coincidía con la celebración del primer pregón que recogen las hemerotecas con ese nombre. Lo pronunció el charlista valenciano Federico García Sanchís, un profesional de la palabra que ya había prologado la Semana Santa de 1937 con una arenga más belicista que estrictamente cofrade. El acto se celebró en el teatro San Fernando y distaba mucho, muchísimo, de la parafernalia que ha alcanzado hoy en día. Se recurría a profesionales de escasa relación con el mundo de las cofradías que, como en caso de García Sanchís, pronunciaron pregones semanasanteros en otras ciudades vecinas en aquellos años. Pero, ¿cómo fue la Semana Santa de 1939? Para empezar, fue un año de estrenos: San Bernardo sacaba a la calle a la nueva Virgen del Refugio gubiada por Sebastián Santos y San Roque hacía las veces con la flamante efigie de Gracia y Esperanza que había modelado Fernández Andés. El año anterior ya se había estrenado el nuevo misterio de la Amargura gracias a la suerte que tuvo la hermandad en la Lotería del Niño. Pero si había una nota global que presidía el mapa humano de la celebración era el clima de exaltación del nuevo régimen. Uniformes de todo pelaje; camisas azules y brazos en alto se mezclan con los pasos y los nazarenos. Juan Pedro Recio recuerda que el fundador de la Legión, José Millán Astray, presidió con su único brazo y su inquietante parche de mutilado el paso de la Buena Muerte de los Estudiantes, que lo había nombrado Hermano Mayor de honor. La cofradía de la Universidad fue acompañada de música que llegó a tocar El Novio de la Muerte en el transcurso de la procesión. Pero hubo otras novedades que no conviene olvidar. 1939 asiste a la salida de Montserrat de la primitiva capilla de la Antigua –su actual sede– después del derribo de la anterior. Ese mismo año se bendice el Nazareno de San Roque; la Esperanza de Triana recupera la Capilla de los Marineros que había perdido en 1868; un grupo de jóvenes encabezados por Antonio Soto trata de fundar una hermandad en torno al Cautivo de San Ildefonso aunque esos esfuerzos acabarían dando forma a la reorganización de la cofradía de la Vera Cruz en 1942. Y un último dato fundamental: en 1939 se erige la hermandad de la Paz por un grupo de miembros del Parque Farmacéutico del Ejército. 15629033Pasada la Semana Santa, el año fue pródigo en salidas extraordinarias. El 4 de junio, la Virgen del Rosario de Montesión fue llevada hasta la Catedral para celebrar una función de acción de gracias por el fin de la contienda en toda España. No fue la única: el 23 de julio de 1939, la Virgen de las Angustias de los Gitanos fue llevada desde Santa Catalina hasta las ruinas de San Román como acto de desagravio aunque aún tuvieron que esperar once años para volver a su sede canónica. En cualquier caso hay una salida que marca los corazones a fuego. Fue la del Señor del Gran Poder, trasladado al trascoro de la Catedral el 3 de mayo para presidir un triduo y una función de acción de gracias. El Nazareno de Juan de Mesa volvió a San Lorenzo cuatro días después acompañado de una nutrida escolta militar del Regimiento Granada con compañía de honores, bandera y banda de música. La Guerra, ahora sí, ya había terminado...

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