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Cautivos de un barrio

el 09 nov 2010 / 18:22 h.

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Es la historia de miles de almas. Las que habitan en el Tiro de Línea, un barrio cuyos terrenos fueron utilizados durante la segunda mitad del siglo XIX como superficie de pasto para el ganado que acudía cada año a la Feria de Sevilla, y que, décadas después, sería aprovechado por los militares como zona de prueba de tiro de los cañones -de ahí su nombre- realizados en la cercana fábrica de Artillería de San Bernardo. Es la del Tiro de Línea, una vecindad que vive por y para su Cautivo y su Virgen de las Mercedes, tanto es así que el 15 de mayo de 1958 cambiaron el nombre de la barriada, pasándose a llamar de Nuestra Señora de las Mercedes, para reconocer la protección maternal de la dolorosa.

Aquí hablar de hermandad, barrio y parroquia es una misma cosa. Así lo entienden sus moradores que, como Conchi Auriera y Carmina Sánchez salen cada tarde a visitar a los enfermos: "Formamos parte de la pastoral de la salud y somos muy devotas del Cautivo". Tanto, que una de ellas, Carmina, se vino a vivir aquí tras conocer la actividad de la parroquia: "Me he llevado varios años fuera, trabajando en Huelva. Llegué a Sevilla buscando una parroquia que me gustara y la encontré: la de Santa Genoveva", explica mientras se pierde por la avenida de los Teatinos, la arteria principal del barrio y sendero transitado a diario por las madres del Tiro de Línea que, en su camino al mercado, hacen una parada ante el Cautivo: "Dadnos salud y trabajo para mis hijos", imploran.

Esta vía aglutinaba antaño los principales comercios. Hoy sólo queda uno en pie: el de Pepe Lucenilla. A sus 71 años aún sigue llenándose las manos de grasa para reparar motos y vespas. Él sabe mejor que nadie la encomiable labor de la cofradía en el barrio: "Ha quitado y sigue quitando mucha hambre". Pepe lo dice con conocimiento de causa, pues durante años ha estado en la Bolsa de Caridad de Santa Genoveva: "Siempre hemos tenido muchas necesidades, por lo que no había descanso: rifas, operación kilo, libros para que los niños puedan ir al colegio, medicamentos para los enfermos..."

Su testimonio es el mejor ejemplo del lema fundacional de la hermandad, "Por un mundo mejor", con el que en abril de 1956 se daba respuesta a la voluntad del Papa Pío XII, que cuatro años antes había pedido a los católicos "trabajar, por todos los medios posibles, para construir un mundo mejor". Los feligreses de la parroquia de Santa Genoveva se dieron por aludidos y consideraron que el mejor medio apostólico para alcanzar este fin era crear una cofradía en el barrio.

Así lo recuerda el hijo de Antonio Lerate Santaella, uno de los hermanos fundadores y primer hermano mayor que tuvo Santa Genoveva: "Fue una garantía que mi padre aceptara. Era un hombre tenaz, muy respetado y con una gran capacidad de trabajo", rememora Antonio Lerate Cabrera, que formó parte de esta primera junta como secretario, y que años más tarde llegaría a empuñar la vara dorada hasta en dos etapas diferentes. Su padre, el primer hermano mayor, tenía 45 años cuando aceptó el cargo. Vivía en la calle Rosario Pino, era apoderado de una empresa marítima y, pese a que siempre eludía hablar de ello, fue quien donó la talla de la Virgen de las Mercedes (1956), obra de José Paz Vélez, autor también del Cautivo (1957). "Para él fue algo anecdótico", subraya su hijo, que transcurrido el tiempo se pregunta si mereció la pena tanto esfuerzo. La respuesta es inmediata: "Sí, basta con ver los resultados".

Apadrinada desde sus comienzos por hermandades de abolengo, como la Soledad de San Lorenzo, la Macarena ("su protectora") o el Gran Poder, entre otras, y querida por políticos (Mariano Rajoy, Evangelina Naranjo o Monteseirín han presenciado su salida), presidentes del Sevilla y del Betis, y empresarios, Santa Genoveva ha contado desde siempre con la simpatía de todos: "Cayó bien la cofradía. En ello tuvo que ver el que la hermandad tiene un planteamiento fundacional distinto al resto. No nace para venerar imágenes, pues no había, sino con unos fines misioneros marcados desde el Concilio Vaticano II", explica Antonio Lerate Cabrera.

Un carácter misionero que potenció Don Antonio, como aún se le recuerda a Antonio González Abato. "Fue el segundo párroco que tuvo Santa Genoveva. Llegó en junio de 1957 y era natural de Brenes", señala José Antonio Velázquez, actual secretario. Pese a su muerte (está enterrado en la parroquia), su legado sigue presente en la mente de los más mayores:"Un buen día recibieron la visita del nuevo cura: un sacerdote de fuerte personalidad, pequeño y enérgico, simpático y bonachón, entrante y dicharachero que prendió en los corazones de los escolares una llama y un ávido deseo de acercamiento hacia su negra sotana, hasta el punto de que, desde donde fuera que lo encontraran, rivalizaban por ser los primeros en llegar a besar su mano".

Llevó la devoción al Cautivo y a las Mercedes a todos los rincones del barrio. Rosarito Fernández, vecina de la calle Lora del Río de 48 años, recuerda con entusiasmo la figura de Don Antonio:"Cada miércoles recibía en la parroquia a los niños para supervisar la enseñanza del catecismo. Allí les solicitó su colaboración para con la hermandad, pidiéndoles que llevaran botellas y chatarra para hacerle unos varales y unos respiraderos a la Virgen". De aquella anécdota se le apodó cariñosamente como "el padre botella".

Rosarito y sus amigas colaboran asiduamente con la hermandad. Ellas son de las que podemos ver cada Lunes Santo tras el paso del Cautivo:"¡Ay, el de las manos ataítas...! Estamos locas por Él". Aunque tampoco se queda atrás la dolorosa: "La Virgen tiene un tirón que acaba con el cuadro. Si supieras cuántos ramos de flores y cuánta gente viene a verla el 24 de septiembre... No se ve el altar de flores, flores y más flores", relata Rosarito al tiempo que afirma que el Lunes Santo en casa es "una locura". Sus tres hijos y su tres nietos son devotos del Cautivo. Los pequeños salen de nazarenos:"No doy abasto para planchar tanta túnica... pero, ¡qué satisfacción verlos salir por la puerta camino de la parroquia!".

Rosarito es del barrio de toda la vida, pero aún hay quien es descendiente directo de los primeros moradores en la avenida de los Teatinos, cuando no había ni acerado ni pavimento. José Mancilla, de 52 años, presume de ello: "Mi familia es de los fundadores del barrio hace 80 años. Mi madre, Concepción Guisado Pachón, fue una de las primeras vecinas en las casitas de Rojas Marcos". La hermandad siempre ha estado en casa. De su niñez, recuerda a su madre "cosiendo y cosiendo" túnicas:"Le daban 100 pesetas por hacerlas". A sus 52 años, José tiene una joyería (Joyería Josman) en el barrio, pese a que ya no vive en él, como otros muchos que emigraron a otros núcleos cercanos. El comercio es el que hace las veces de casa cada Lunes Santo: "Esto es una revolución. Ese día no se abre. Nos reunimos todos aquí para ver la salida de la cofradía y almorzar en familia. La fiesta dura hasta bien entrada la noche, cuando entra la cofradía", detalla.

Padre de dos hijos (de 18 y 23 años), José tiene una espinita clavada:"Me hubiese gustado ser costalero de la Virgen de las Mercedes". Y es que su devoción se inclina más hacia la dolorosa, que para eso es el conservador de la corona de oro que le forjó el barrio empeñando joyas familiares. "Es un verdadero honor tener una pieza de este calibre tan cerca. Una vez al año pasa por aquí [por la joyería] para repasarla antes de la salida".

La presea de algo más de dos kilos de oro simboliza la unión del Tiro de Línea con la cofradía.De ello se encargó Don Antonio, que junto a la hermandad, recogió oro de todos los vecinos: "Yo le dí unos anillos, unos pendientes y un tresillo de mi marido. Quería que Ella llevara algo mío", añade Rosarito. Algo de Rosarito, y de Juan, de Manuel, de Conchi, de Mercedes... "Tanto oro se logró reunir que hasta sobró para hacerle las potencias al Señor", confirma Juan Pedro Puig, diputado de Cultos.

En la avenida de los Teatinos, esquina con la calle Serrano y Ortega, un azulejo conmemora aquel 23 de septiembre de 1972, día en el que el cardenal Bueno Moreal le impuso la corona a la Virgen. "Entonces no había edificios ni nada. Esto era como el final de barrio. Aquí se levantó un altar, con un tapiz enorme", apunta el dueño del Bar Benito, sobre cuya fachada está el citado azulejo. El establecimiento es parada obligada en Cuaresma para costaleros, capataces y demás hermanos: "Tiene unas buenas pavías". Pero la verdadera conquista ya la hizo el Cautivo hace 54 años.

 


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