Cultura

'Celda 211': El corazón de las tinieblas

el 11 nov 2009 / 20:38 h.

Vayamos directamente a lo más obvio: nunca suelo hacerme eco de las diferentes voces que alaban o echan por tierra un filme en concreto. Es más, supongo que habrán observado que las críticas que aparecen en este insigne rotativo siempre suelen nadar algo (tampoco mucho) a contracorriente. Pero hoy no puedo hacerlo. Más que nada porque tras ver Celda 211, lo primero que me siento obligado a escribir es que todos aquellos comentarios que reivindican ya el Goya al Mejor Actor para Luis Tosar no pueden estar más acertadas: en el papel de Malamadre, Tosar consigue un nuevo hito en su ya portentosa carrera (y para quienes no le conozcan, apunténse estos dos títulos: Los lunes al sol y Te doy mis ojos) regalándonos, porque es todo un regalo, a un personaje carismático y terrible a partes iguales, alguien a quien el espectador no tarda en tomar aprecio sin poder sentirse terriblemente culpable al hacerlo.

Pero Celda 211 no acaba y termina en la enorme labor de interpretación del actor gallego. Si nos ceñimos a lo que los intérpretes dan de sí, sería injusto dejarse fuera a otros tres compañeros que bordan sus papeles, ya sea desde la experiencia, con Antonio Resines y un impresionante Carlos Bardem al frente, ya sea desde el descubrimiento que supone un excelente Alberto Ammann.

Y tampoco aquí acaban las virtudes de una cinta que se coloca por méritos propios como lo mejor que ha parido el cine español en este 2009 junto a Ágora. La fidedigna adaptación que hacen Monzón y Guerricaechevarría de la novela homónima de Francisco Pérez Gandul sólo es superada por la magistral realización del antiguo crítico de cine: poseedora de un ritmo asombroso y una capacidad narrativa soberbia, Celda 211 no da un respiro al espectador, que se ve inmerso en la vorágine de los acontecimientos tan sólo cinco minutos después de que arranque la proyección. A partir de ese momento, no hay ni un descanso, ni un momento en el que la intensidad baje un ápice de nivel quedando el respetable expuesto a lo mejor y lo peor que la naturaleza humana puede llegar a ofrecer a través de unos personajes construidos desde los grises y nunca tratados en términos absolutos.

Es esa capacidad para desdibujar los límites del bien y del mal, y la inevitable comparación que se crea entre el microuniverso de la prisión con nuestra sociedad, la que pone la guinda a este sabrosísimo pastel que Monzón y compañía han cocinado con esmero y presentado con inigualable gusto.

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