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Celo ambiental o asquerosidad

Ninguna justificación hay, ni siquiera medioambiental para trasladar la imagen de una ciudad dejada.

el 06 mar 2012 / 12:35 h.

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De entrada, y para no herir sensibilidades de nadie ni que nadie se agarre al clavo ardiendo para así acusarme injustamente: tengo un férreo compromiso medioambiental y soy partidario de una actividad económica desplegada siempre desde el respeto al entorno natural y el uso eficiente de los recursos. Soy de los que, a pesar de constatar -pruebas documentales en Youtube que debieran cuanto menos sonrojar al Ayuntamiento de Sevilla- que Lipasam se pasa por debajo del forro la conciencia de los ciudadanos, se empecinan en reciclar, a sabiendas de que no siempre el esfuerzo de seleccionar la basura es respetado por los basureros. Seguiré, no obstante, en el empeño.

Dicho esto, ahora miren la fotografía que acompaño a esta entrada de La Siega. Se trata de la orilla del Guadalquivir a lo largo del Paseo Juan Carlos I, con las torres Schindler y Pelli al fondo. Al buscar cómo calificar su estado, sólo me sale el adjetivo asqueroso, y no creo que haya otro mejor ni más fidedigno. La dejadez es, sencillamente, asquerosa, y aquí no cabe ningún argumento verde que lo justifique. El único color que hay es el marrón mierda y a mierda olerá a poco que lleguen las calores porque -recordemos- no se trata de un cauce libre, sino de agua casi estanca.

Está bien, por supuesto, recuperar la maleza para que, así, no quede una ribera lamida. Está muy bien facilitar la reproducción de unos patos y peces varios que, por otra parte, pueden ya campar a sus anchas tanto en la otra margen -pegada a la Cartuja- como a ambas orillas desde el puente de la Barqueta hasta el Huevo de Colón, en cuyo recorrido el desnivel y el autóctono bosque separan el caudal del camino para peatones. Y, por último, está superlativamente bien tratar de que el tramo urbano del río tenga una apariencia natural, como si anduviéramos por el campo y no por la ciudad. Pero ni tanto, ni tan calvo.

Ninguna justificación hay para trasladar la imagen de una ciudad guarra porque haya quienes, papistas de la ecología mal entendida, se nieguen a una poda controlada de los ramajes y quienes, cuales sucias marujas, limpian tan sólo lo visible y a las esquinas no acercan sus escobas. Con estas palabras, como cabe apreciar, no apunto únicamente al Ayuntamiento de Sevilla, al que corresponde la conservación del tramo urbano del Guadalquivir, sino también a la Junta de Andalucía y al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. Eso sí, la primera de estas instituciones es la que tendría que tomar cartas en este asunto. Que su alcalde, el popular Juan Ignacio Zoido, no se quede con aquélla que, tiempos ha, escribió a los Queridos Reyes Magos de las Campañas Electorales para pedir la construcción de una piscina junto al caudal y su actual vergel de jaramagos.

Sevilla, de hecho, sigue sin creerse las posibilidades económicas y deportivas del río a su paso por la ciudad, más allá del juego de la cucaña de la Velá, el paso de las hermandades de El Cachorro, La Estrella y Triana por su puente, los lujosos barcos atracados en el puerto durante la Feria y las cervezas en la calle Betis. El Guadalquivir es eso en cuyas cercanías se despereza la inmensa mole de la Torre Pelli y ahora incluso se puede ver desde el nuevo parque de San Jerónimo, grandísimo y verdísimo, pero sin farolas para las noches ni siquiera bancos para que se sienten nuestros mayores.

Desde la pasarela de madera construida sobre las aguas a lo largo del Jardín Americano, en la orilla de Cartuja, se puede atisbar cómo se enredan los remeros principiantes con la selva crecida en la otra margen. Ni te atrevas a cortarla un poquitín, puede que vengan y te corten las manos. Desde Barqueta y hasta bien entrado los bajos de Contadero, ni bar, ni cafetería, ni quiosco. Nada de rentabilizar económicamente el tramo, menos mal que sí se cuelan el cultivar del cuerpo (con clubes de remo) y de la mente (la biblioteca pública Felipe González), el disfrutar de la chiquillería (parque infantil y juvenil) y, por último, el deleitar del visitante (embarcaciones turísticas). Por el día, un placentero paseo, con familias enteras y deportistas; pero por la noche, una boca de lobo para que los patos duerman tranquilos.

Si ni tan siquiera nos ponemos de acuerdo en mantener adecentadas las márgenes del Guadalquivir a su paso por la capital hispalense, su dragado parcial para dar entrada a barcos de gran calado -tanto de mercancías como cruceros de pasajeros- se antoja misión imposible. Llegué a esta ciudad hace 21 años, en vísperas de la Exposición Universal del 92, y desde entonces escucho permanentemente la cantinela de esa gran operación hidráulica. Para colmo la casa se empezó por el tejado, primero esclusa, después ya llegará el dragado, si al final lo hay.

En mis primeros años de ejercicio del periodismo, la construcción del pantano de La Breña II, en Córdoba, era considerada por muchísimos como un sacrilegio medioambiental de bíblica atrocidad. Ya está en marcha y el mundo sigue vivo. Antes de poner el punto y final, uno no puede dejar de preguntarse si en el necesario entendimiento entre economía y naturaleza sobra locura y falta sensatez por ambas partes (empresarios y ecologistas). Ni todo verde ni todo amarillo y, por supuesto, que no impere el capricho de nadie. De nadie.

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