martes, 22 enero 2019
14:28
, última actualización
Cultura

Chicos (y no tan chicos) del rock

Barón Rojo abre en Sevilla su gira del 35º aniversario de la banda con un concierto donde brillaron sus viejos y potentes himnos

el 08 feb 2015 / 21:40 h.

LOCAL 14-15 De entrada, reconozcámoslo, había motivos para albergar cierto escepticismo. 35 años de carretera y escenarios son muchos años, incluso para curtidos rockeros como Barón Rojo. Si además tenemos en cuenta la cruda realidad de que lo mejor de su producción se remonta a la primera mitad de los años 80 –el triplete dorado de Volumen brutal, Metalmorfosis y En un lugar de la marcha–, las reservas se hacían aún mayores. Si a esto le sumamos que el repertorio al principio incluye canciones de pegada menor, como Fugitivo o Noches de rock & roll; que como cantante Armando deCastro carece de la ductilidad de Sherpa, y que su hermano Carlos, aun afanándose, está lejos de sus mejores marcas, podríamos hablar a priori de un concierto solo para nostálgicos, donde no cabía esperar muchas hazañas. Bastaba cubrir el expediente para dar por bueno el precio de la entrada. Y sin embargo, si un concierto es un combate que se gana asalto tras asalto, el de este sábado en la sala Fanatic se saldó con victoria por KO para los barones. Se fue caldeando el ambiente con Las flores del mal y esa añeja rareza llamada Invulnerable. Pero cuando sonaron los primeros acordes de Breakthoven, se hizo por primera vez (y habría muchas más a lo largo de la noche) la magia. Todo el mundo entendió que el arte puede desafiar la lógica del paso del tiempo e invocar la emoción incluso en las condiciones menos propicias. No se trata solo de que los hermanos De Castro sean unos más que notables guitarristas, o que los jóvenes relevos de la banda, Gorka Alegra al bajo y Rafa Díaz a la batería, se esfuercen por estar a la altura de sus predecesores. Es algo más. Las mejores canciones de Barón son artefactos tan logrados como resistentes, muy sólidamente construidos en lo musical, consistentes en el aspecto lírico –a años luz de la mayoría de las letras rockeras de su tiempo, y aun de este–, capaces de mostrar una espléndida vigencia incluso cuando se les quita la parafernalia metalera más peliculera y tremendista. Lo que vino a continuación, con algún respiro como La reina ácida y El rey del pinball –de la versión de la ópera rock Tommy que el grupo grabó tres años atrás–, fue un gozoso y atronador chaparrón de himnos como Satánico plan, Hermano del rock & roll, Con botas sucias, Concierto para ellos, Cuerdas de acero, Hijos de Caín, Los rockeros van al infierno... Y un medley con Los desertores del rock, El presidente, Casi me mato... Un público de avanzada media de edad –unos 40 años–, concurrido en bien ganadas canas, venerables tonsuras y felices barrigas cerveceras, se entregó al festín con la misma delectación que los más jóvenes, conscientes de estar ante una leyenda viva y vibrante. Resistiré y Barón Rojo fueron los adecuados colofones a una noche de guitarras feroces y energía para dar y tomar. Una noche para reconciliarse con aquellos Chicos del rock que alguna vez fuimos.

  • 1