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Cultura

Chirinos: «Uno es, en cierto modo, del país donde publica sus poemas»

El poeta peruano presentó en el ciclo Letras Capitales del CAL su último poemario, ‘Fragmentos para incendiar la Quimera’, que acaba de ver la luz en el sello granadino Dauro

el 08 sep 2014 / 21:27 h.

  Elpoeta peruano Eduardo Chirinos, ayer en el centro de Sevilla. Foto: Carlos Hernández Elpoeta peruano Eduardo Chirinos, ayer en el centro de Sevilla. Foto: Carlos Hernández La primera vez que Eduardo Chirinos (Lima, 1960) visitó Sevilla, era un veinteañero que disfrutaba de una beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana. «Aproveché para dar una vuelta por Andalucía y también por el norte, pues mi segundo apellido es Arrieta, imagínate», recuerda. Aquí hizo amistades duraderas, como que le une a Rafael Adolfo Téllez, se reencontró con maestros como Bécquer o Cernuda, y vio la luz en Renacimiento su primera antología. «Uno es, en cierto modo, del país donde publica sus poemas», proclama. Ayer volvió a la capital hispalense como poeta consagrado para presentar en el Cicus su último libro, Fragmentos para incendiar la Quimera (Dauro), que llevará pasado mañana a Granada dentro del ciclo Letras Capitales del CAL. Oficiaron como presentadores su editora, Mariana Lozano, y Fernando Iwasaki, «a quien conozco desde antes de nacer, porque nuestros papás eran amigos». Su nueva entrega tiene como origen un proyecto mexicano que giraba en torno al diálogo entre grabados y poesía. La idea no llegó a la imprenta, pero la semilla ya estaba plantada. «Empecé a pensar en ese laberinto particular que es mi propia casa, donde tengo muchas obras de arte de amigos. ¿Por qué no hacer una suerte de museo personal? Por eso dice mi amigo Álvaro Salvador dice que es un libro culturalista, pero también cotidiano. Son imágenes que forman parte de mi rutina». Así, son siete obras las que quedan interpretadas por estos fragmentos, quiméricos «en el sentido en que lo es tratar de abarcar la totalidad. Estoy convencido de que lo más que podemos abarcar son los fragmentos, e invitar al lector a unirlos. Si nos fijamos, el proceso de lectura es eso, cumple la función de pegamento. Y lo mismo sucede con los cuadros, hacemos una lectura de símbolos, de elementos». «Los ojos de la muchacha no miran de frente. La mano derecha de la muchacha espera. La mano siniestra de la muchacha oculta», escribe Chirinos a partir de una serigrafía de Kayla Romberger, que sirve a la sazón como imagen de portada. «En poesía, es como si las palabras estuvieran aglutinadas en un rectángulo, cuyo marco es la página. Lo leemos como leemos la pintura», agrega el autor, quien cree que el momento actual no es mejor ni peor para la lírica que cualquier otro. «Si hacemos una mirada general, buen momento para la poesía no ha habido nunca», asevera.Lo que pienso es que nuestra vida actual no está hecha para disfrutar del arte, para escribir poemas. Por el contrario, tendemos a considerar todo esto un lujo. Y lo que el lector tiene que entender es que la poesía no es un lujo, y hacerlo desde la sensación de que, al fin y al cabo, a quien le habla el poema es a él. O mejor dicho, es él mismo quien habla a través de la lectura. Como aquello que decía Ortega y Gasset: un poema nos conmueve cuando nos plagia. Todos somos poetas, aunque solo se reconozca como tal al que escribe y firma libros». El autor vive hoy como profesor en Missoula (EEUU), donde también hace tareas de traducción de maestros contemporáneos como Mark Strand o hallazgos como el filipino José García Villa. «¿Qué sería de la poesía sin traducción? La mejor manera de devolver lo que te da un poeta es traducirlo» Chirinos vuelve la vista atrás para recordar que llegó a España cuando se cumplían 50 años de la Guerra Civil, el país entraba en la OTAN y empezaban a forjarse los fastos del 92. «Me di cuenta de que compartimos la misma lengua, pero no la misma oreja literaria. Nos une el mismo venero, bebemos de las mismas fuentes, pero desde el modernismo hay una diversificación. Por suerte, el interés por la poesía hispanoamericana hizo que nos desorejáramos todos, o que acabáramos bailando al mismo ritmo. Las dos orillas siguen unidas, y el agüita intermedia se evapora».

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