Cofradías

Cien años dando ejemplo por Sevilla

El Silencio Blanco volvió a dar una vez más muestras de su singular estética y seriedad.

el 17 abr 2011 / 21:28 h.

A quien tuvo la feliz idea de transformar en 1911 esta corporación para convertirla en la más seria de las que pasean por las calles de Sevilla con música y sin ruan, desde el párroco al mayordomo José Prados y a los miles de hermanos nazarenos que desde entonces hasta hoy han dado ejemplo de comportamiento y de elegancia por las calles de Sevilla, bien merecen un reconocimiento. Y ayer estaban en la mente de todos los que cada día siguen trabajando por que ese espíritu no se pierda. Ese Silencio Blanco cuyo nombre lo explica todo.


Desde una hora antes parece que no se cabe, pero riadas de gente siguen entrando por Gerona y Dueñas, por Regina tras bajarse de la plaza mayor de las setas una vez pasado San Roque, y desde Feria, con cientos de carritos de niños. Un poco más arriba, el cartel de colgaduras a medida en la tapicería de la esquina explica claramente el porqué no hay ni un solo balcón en el entorno de la iglesia que no vaya vestido para la Semana Santa.

Este tardío Domingo de Ramos dejó ver una cruz de guía iluminada por el sol bajo el dintel de la puerta. Los cirios, todos encendidos, de los primeros nazarenos blancos se encaminan hacia la calle Feria tras pisar la rampa de madera. Nadie les presta atención, hasta que poco antes de las ocho de la tarde los ciriales anuncian la salida del misterio presidido por Nuestro Padre Jesús del Silencio, de blanco, como siempre, clásico.

Las zapatillas de los costaleros rechinan en el suelo cuando el capataz Manolo Villanueva los manda hasta la calle "siempre de frente con él, poco a poco, derecha alante, izquierda atrás" va revirando para alejarse de la plaza sin marcha real y con Silencio Blanco a cargo de la banda del Santísimo Cristo de las Tres Caídas de Triana. Y se nota. El sonido de su centenar de instrumentos de viento retumba en San Juan de la Palma mientras, sin parar, el paso se pierde de vista camino de la calle ancha.

Los cuerpos ya cansados tuvieron que esperar casi media hora, hasta poco antes de las ocho y media para que María Santísima de la Amargura saliera a la calle, aunque ya desde antes el silencio se hizo en la plaza al presentir que en el interior del templo ya sonaba ese himno de la Semana Santa que es Amarguras.

Y volvió a oírse cuando una luz más clara que otros años pero ya tenue, sin rayos de sol directo, la recibió junto a una multitud de sevillanos que ningún año quieren perderse esta salida. A pulso, sin moverse un varal, subía hasta el cielo para encaminarse a la carrera oficial. La sorpresa llegó con la segunda marcha: Soleá dame la mano. No todo van a ser amarguras.

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