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Ciudad muerta

Quince días le quedan a este espectáculo de desolación que es Sevilla en verano, de cuyo estado se aportan aquí unos ilustrativos ejemplos

el 16 sep 2009 / 07:20 h.

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A la voz de sálvese quien pueda, el asentamiento humano conocido como Sevilla ha quedado desmantelado un agosto más (como suele ser normal) contra las predicciones de los economistas (como también suele ser normal). Con apenas alguna que otra aglomeración de coches en horas punta, más por hábito que por necesidad, la urbe ha vuelto a hacer honor a su lema: Hércules me fundó, Julio César me amuralló... y el verano me vació, o comoquiera que diga la tradición. La repetición del fenómeno no logra rebajar en el espectador la sensación de excepcionalidad.

La vida cultural está desactivada, sin apenas nada que proponer al paisano para aliñar sus largas horas de ocio: ni teatro, ni espectáculos, ni conciertos, ni nada que se le parezca; la vida social, al estilo de lo que los naturalistas dicen que sucede con ciertas familias de mustélidos, se circunscribe casi exclusivamente a furtivas salidas nocturnas a su cuenta y riesgo; son escapadas poco numerosas, hallándose como se halla la flor y nata, en estos precisos momentos, cara al mar o haciéndose fotos ante algún bonito monumento del extranjero. Ante tales circunstancias, el significado de la palabra descorazonador revela facetas y destellos nuevos cuando se aplica al panorama urbano: muerto y enterrado.

Las imágenes que se ofrecen aquí son sólo una ínfima parte de los documentos probatorios de todo lo antedicho. Aprovéchense los enamorados de esta Sevilla despejada, sorda y muda, porque no bien pasen quince días todo volverá a la anormalidad, o como se llame a lo que sucede en la Sevilla de entretiempo. De momento, esto es lo que hay.

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