Local

Cofrades bien asentados

Las sillas se convierten en un lugar de reencuentros, amistades y, por supuesto, de espectáculo. A sus 92 años, Carmen Ramírez es una asidua a las sillas. Con dos abonos en la esquina de Sierpes con Sagasta lleva 30 años viniendo -desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo-, "y hasta que me muera" como ella dice.

el 16 sep 2009 / 01:04 h.

TAGS:

A sus 92 años, Carmen Ramírez es una asidua a las sillas. Con dos abonos en la esquina de Sierpes con Sagasta lleva 30 años viniendo -desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo-, "y hasta que me muera" como ella dice. Son días, explica bajo la atenta mirada de su hija Antonia, "de pasarlo bomba, como dicen ahora los jóvenes". Para ella y su hija lo mejor es la Madrugá por las procesiones -"a mí, me encanta la Macarena y a mi hija la trianera"- y por lo que no lo son: "Una señora que se sienta aquí delante trae de todo: un termo con café descafeinado, galletitas... que por la noche hace aquí mucho frío", relata la mujer. Y es que eso sí, si algo se aprende en las sillas es a compartir. "Durante estos días, todo es de todos: el agua, el abanico, las pipas y el programa".

Lo mismo dice -un poco más cerca de la Campana- Concepción Orgambides. Ella viene con su hermana pero a simple vista su familia parece cuatro veces más grande. A su lado está Javier Navarro, con su hijo y su mujer. Detrás están los suegros de éste y delante otros dos pequeños. Mientras los niños se pelean por el refresco, los mayores mantienen largas conversaciones como si se conocieran de toda la vida. "Es inevitable hacer amistades, compartes muchos momentos", explica Javier, quien asegura que él cambiaría el privilegio de la silla "por una buena bulla, pero con el niño de apenas cuatro años no puedo".

Para la familia de Chelín, las sillas también son tradición. Viene desde hace 40 años. La mitad de los miembros son del Castillo de las Guardas y la otra, de Sevilla. Tienen siete abonos y se reparten los días, porque son muchos. De lunes a miércoles le toca a ella, a su hija Carmen -porque le gusta mucho la Bofetá- y a sus nietos, para los que esto de las sillas es todo un festín. "Les traemos bocadillos, chocolatinas, frutos secos, refrescos...", explica Carmen, quien aclara que "son muchas horas y hay que tenerlos entretenidos". De eso también saben los pequeños que a la merienda especial suman las peticiones a los nazarenos: caramelos, estampitas y, por supuesto, cera. "Hoy voy a empezar una bola nueva porque la del año pasado se me rompió", explica la pequeña Carmen, de 8 años, mientras juega con dos niñas a las que acaba de conocer y que se sientan cerca de ella. También su abuela Chelín ha hecho amigos. "Sí, muchos, al cabo de los años muchos, siempre decimos: 'A ver si nos vemos antes de otra Semana Santa', pero al final volvemos a vernos el Domingo de Ramos", se sincera.

A los ya habituales en estas lides se suman los que desconocen el tema. Cerca de la Campana, unos despistados Tomás e Isabel Engels no dejan de mirar a las sillas que tienen alrededor. Son de Berlín, es la primera vez que vienen a la Semana Santa de Sevilla y quieren una silla."Nos han dicho que no nos podemos sentar, pero aún están vacías", dice con un imperceptible acento Isabel. "Dicen que es muy difícil conseguir una", aclara Tomas en un balbuceante español mientras da vueltas al programa de mano que le han dado. "Si nos gusta, el año que viene traeremos a nuestros hijos y pediremos unas sillas", recalca ingenuo -desconoce lo de las listas de espera- antes de que un guardia les anime a salir de la zona acotada. Está a punto de pasar la Cruz de Guía de la hermandad del Cerro del Águila.

A María de los Ángeles Villalba le coge "de perlas, mira por donde vamos a verla en primera fila". Está con su marido y sus hijas en la cafetería La Campana merendando. "Sin pagar ni nada y mira qué bien vamos a ver", le dice sonriente a una de sus niñas. A Manolo Huertas tampoco le va a costar nada ver las cofradías en palcos privilegiados. "Estoy esperando a un amigo que tiene un piso a final de Sierpes, desde su terraza lo veremos todo". Una posición única de la que también gozan los dueños de la tienda de trajes de flamenca Molina que han sustituido los trajes del escaparate por tres cómodas sillas para no perderse ni un detalle.

Justo antes de que la primera cofradía llegue a la Plaza de San Francisco, dos guiris que habían confundido esos codiciados asientos de la Carrera Oficial por cómodos bancos en los que descansar y refrescarse del calor, tienen que ser rápidamente desalojados ante la mirada de desaprobación de sus dueños. "¡Uy, que casi nos la perdemos!", dice uno de ellos. No es para menos. En unos minutos, a medio metro de ellos, pasa casi rozándolos el Cristo del Desamparo. "¡Esto sí que es un espectáculo!".

  • 1