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Colorín, colorado

Rafaelillo muestra sus ganas de ser con la espesa miurada que cerró la Feria de Abril.

el 25 abr 2010 / 20:13 h.

El diestro Rafael Rubio 'Rafaelillo' entra a matar a su primer astado.

Ganado: Se lidiaron cinco toros de Miura, grandotes pero faltos de remate, y un sobrero del Conde de la Maza que salió en quinto lugar y fue muy deslucido. Los tres primeros se quedaron muy cortos en los engaños. El cuarto se dejó y resultó hasta noble en la muleta. El sexto, sin emplearse nunca del todo en el engaño, se dejó muy a medias.

Matadores:

El Fundi, ovación y ovación tras aviso.

Juan José Padilla, ovación y silencio.

Rafaelillo, ovación y ovación tras dos aviso.

Incidencias: La plaza no llegó a llenarse en tarde cálida y primaveral.

En el ambiente pesaba el brutal percance sufrido por José Tomás en el ruedo mexicano de Aguascalientes. No se hablaba de otra cosa en unos tendidos que acusaban el cansancio del largo ciclo abrileño. Una vez más, los toros de Miura eran los encargados de poner el postre a una Feria en la que ha habido de todo y que, como toda contienda, arroja un nutrido parte de vencedores y bajas. Ésta vez la miurada no aportó nada nuevo a una feria en la que todo el pescado andaba más que vendido desde el pasado martes y a la corrida, a pesar de su volumen, le faltó cuajo y presencia para imponer ese miedo inducido que -como el valor en la mili- se le supone a los pupilos de Zahariche.

Y aunque los toros sacaron su genuina y esperada guasa lucieron caras y hechuras anovilladas que se pueden comprender en un invierno pasado por agua y un encaste que sólo se pone pasados los cinco años.

Volvía a abrir cartel, a la vuelta de su carrera, el veterano Fundi. Y aunque algunos quieren endosarle unos exagerados laureles de no se qué maestría, el hombre no pasó de digno con un lote que incluyó el toro de mayores posibilidades del áspero envío de los hermanos Miura. Ése fue el cuarto que, a su manera, se dejó en viajes cortos y remisos que no terminaron de convencer al presunto profesor de Fuenlabrada, que se empleó en un esforzado trasteo basado en el pitón izquierdo que no terminó de entusiasmar al respetable. Con el toro que abrió plaza, un ejemplar orientado y bruto, no tuvo demasiadas opciones.El animal quería arrancarle la cara y ni siquiera pasaba en el engaño. Así era imposible.

Volvía a Sevilla, mucho más comedido en su puesta en escena, el siempre animoso y entregado Juan José Padilla, que brilló especialmente en el par -resuelto al violín- con el que cerró el segundo tercio. Pero ese segundo llegó a la muleta con violencia, probando en el engaño y quedándose cortito siempre en sus viajes, bruto en todos los embroques. La verdad es que el toro no dejó andar a gusto al diestro jerezano, que renunció a banderillear al sobrero quinto, un toro que se hartó de pegar frenazos y que pese a estar marcado con el hierro del Conde de la Maza resultó más miura que los miuras titulares.

El trasteo vivió sus mejores pasajes por el pitón izquierdo, siempre apoyado en la voz del matador que vio como se rajaba su enemigo cuando lo atacó en forma y fondo.En esa tesitura, la miurada no dejaba de transcurrir en un ambiente espeso y el reloj iba marcando minutos y más minutos hasta cumplir la duración más larga de toda la feria sin que el festejo rompiera por ningún lado. Pero Rafaelillo volvía a Sevilla dispuesto a demostrar que quiere ser alguien en este dificilísimo planeta.

Y así, el menudo diestro murciano no se cansó de estar en la cara de los dos correosos ejemplares de su lote, que se dejaron en distinta medida.El tercero brindó unos viajes cortísimos y reponía en un palmo de terreno y además quería arrancarle la cabeza a Rafaelillo, que anduvo con absoluta firmeza y entrega en una labor porfiona. El toro de Miura vendió cara su muerte y Rafelillo tuvo que esperar al sexto, un astado que a pesar de no tener ninguna calidad se movió a medias con la cara siempre por las nubes.

El murciano volvió a mostrar su ánimo, sus ganas de ser y llegó a darle fiesta en un largo trasteo que no estuvo exento de emoción; el toro no tenía ningún recorrido pero el matador supo buscarle las vueltas hasta acariciar un trofeo que se escamoteó por la inapelable dictadura del cronómetro. Lo cazó de una estocada pero el toro se empeñó en no doblar y sonaron dos avisos. Rafaelillo ya había avisado de que venía a por todas. 

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