Cultura

Cómicos ambulantes

El Maestranza sigue nutriéndose de producciones del Teatro de la Zarzuela para cumplir su única cita anual con nuestro género lírico. Habiendo apostado este teatro madrileño por la renovación del género para acercarlo a un público supuestamente más exigente antaño, sorprende que este montaje de Luis Olmos no haya sabido superar el sabor rancio que perjudica a la supervivencia de este género.

el 16 sep 2009 / 05:27 h.

El Maestranza sigue nutriéndose de producciones del Teatro de la Zarzuela para cumplir su única cita anual con nuestro género lírico. Habiendo apostado este teatro madrileño por la renovación del género para acercarlo a un público supuestamente más exigente y preparado intelectualmente que el de antaño, sorprende que este montaje de Luis Olmos, responsable también de La tabernera del puerto del año pasado, no haya sabido superar el sabor rancio que perjudica a la supervivencia de este género tan nuestro.

Como si de una compañía de cómicos ambulantes o una función escolar se tratara, asistimos a unas interpretaciones histriónicas y chillonas, con un concepto del movimiento escénico arcaico y ramplón. Su trama, absolutamente grotesca, no ha mejorado tras la actualización que han sufrido sus textos hablados, aunque sí se ha reforzado su vertiente humorística.

A todo esto tenemos que añadir unas coreografías más propias de programa de televisión que de un buen espectáculo teatral, y eso que nos consta que la intención haya sido la de epatar en todo momento con un montaje vistoso y grandilocuente. Hasta los decorados están por debajo de lo que se espera en estos casos, antojándose pobres en recursos y materiales.

Afortunadamente, el apartado musical es otra cosa. La dirección de Miguel Roa vuelve a extraer expresividad y lirismo de una orquesta en estado de gracia, a pesar de las limitadas posibilidades de una partitura que no resulta precisamente memorable, como sí lo son La revoltosa y El tambor de granaderos, también de Chapí.

Muy bien José Bros, a partir de cuya aparición la función adquiere más calidad y categoría, a pesar de que algunos agudos suenan forzados y en ciertos pasajes acusa exceso de nasalidad. Sensacional la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, no en vano galardonada por este papel con el premio a la mejor voz de zarzuela en los Premios Campoamor. Su voz aterciopelada y perfectamente modulada, de amplio registro y recursos generosos, diseña una bruja tan antológica como la de Teresa Berganza. Los demás cumplen su cometido con solvencia, si bien las voces masculinas acusan una mejor dicción que las femeninas. El coro estuvo correcto, aunque en ocasiones algo apagado.

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