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Comienza el espectáculo

Con una puesta en escena impecable se dio el pistoletazo de salida a los JJOO de China. Las autoridades de ese país quisieron deslumbrar al mundo y lo consiguieron con la colaboración de 10.000 ciudadanos que disciplinadamente se dispusieron a recordarnos a todos las grandezas de su país.

el 15 sep 2009 / 09:36 h.

Con una puesta en escena impecable se dio el pistoletazo de salida a los JJOO de China. Las autoridades de ese país quisieron deslumbrar al mundo y lo consiguieron con la colaboración de 10.000 ciudadanos que disciplinadamente se dispusieron a recordarnos a todos las grandezas de su país. De nuevo se recurrió a la historia para construir un pasado con el que se fortalece el espíritu nacional. A falta de un pensamiento con el que explicar las contradicciones de un sistema que se desenvuelve entre la economía de mercado y el férreo control por el aparato del Estado de los comportamientos de sus habitantes, bien vale esta exaltación de una identidad colectiva con hechos y acontecimientos que insuflen el orgullo de pertenecer a un gran país que tanto ha contribuido al progreso de la humanidad. Igual da que muchos chinos de a pie carezcan de lo más elemental, que no se puedan expresar libremente, que estén excluidos de los beneficios del capitalismo sin trabas que manejan sus autoridades. Y ahí estaban unos cien mandatarios para santificar esa puesta en escena, para no quedar al margen de un gran mercado del que todos quieren participar. Los derechos humanos, ese permanente recurso con el que se justifican guerras preventivas e intervenciones militares o políticas, no han sido más que un argumento menor que han esgrimido sólo de cara a sus países.

Con todo el respeto que merecen los deportistas por su esfuerzo y tesón en estos últimos años, con todo el respeto que merecen los espectadores, no podemos dejar de señalar el espectáculo que representan los JJOO. Un inmenso espectáculo en el que la práctica deportiva no es más que un pretexto para la consecución de otros muchos objetivos que poco tienen que ver con saltar una valla, jugar al baloncesto o lanzar lejos un martillo, ni por supuesto con los valores que quiso alentar el Barón de Cubertin. Un inmenso espectáculo que supone un gran negocio en el que las empresas son las grandes beneficiadas. Un inmenso espectáculo para el que se realizan grandes inversiones públicas que en muchos casos no responden a las necesidades reales de las ciudadanas y ciudadanos, a los que se les vende la idea de que con ellas llegará el progreso para todos. Un inmenso espectáculo con el que se desvía la atención de la ciudadanía para llevarla al terreno de las emociones y los sentimientos, en el que fácilmente se puede alentar a creer en la quimera de que las medallas mejoran nuestra vida cotidiana y la percepción de la realidad. Un inmenso espectáculo, como hemos dicho, que satisface demasiados intereses ajenos a los nuestros.

Por estas razones debemos disfrutar de los juegos teniendo en cuenta que quienes participan son personas, cuyo único bagaje es su trabajo, inteligencia y honestidad en las pruebas, sin exigirles que salven el prestigio del país, el honor de la bandera, la dignidad nacional, pues estos cometidos no les corresponden. Así, un triunfo no se verá como una victoria que nos redime de nuestros problemas, ni una derrota como un desastre nacional; todo lo más, será un indicador para medir y evaluar la política deportiva del gobierno, es decir, una faceta de la acción política que tiene en otros muchos campos grades retos que afrontar.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Universidad Pablo de Olavide.

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