Cultura

Cómo contar la Exposición del 29 utilizando solo un montón de azulejos

El profesor Alfonso Pleguezuelos diserta sobre la cerámica y el Parque de María Luisa.

el 05 jun 2014 / 23:35 h.

Una de las famosas ranas de cerámica del Parque de María Luisa. / Antonio Acedo Una de las famosas ranas de cerámica del Parque de María Luisa. / Antonio Acedo Si contar una historia con palabras ya es complicado, hacerlo únicamente con azulejos roza el virtuosismo. El profesor Alfonso Pleguezuelos, de la Universidad de Sevilla, siguió este método ayer tarde en la Casa de los Pinelo para explicar los pabellones de la Exposición Iberoamericana de 1929, mediante una conferencia dedicada a la relación entre la cerámica y el Parque de María Luisa. Con solo referirse a estas pequeñas piezas de barro pintadas a mano, el catedrático de Historia del Arte entró en la psicología, la economía, la política y las modas estéticas de los países participantes. Empezando por España y por la ciudad anfitriona, Sevilla. En su conferencia de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, Pleguezuelos contó que cuando se planteó la remodelación del parque para su uso público y la Exposición Iberoamericana, el debate fue qué estilo arquitectónico seguir, de entre los dos que entonces se barajaban como posibles para las construcciones: el renacentista plateresco o el mudéjar. Con elementos de los dos se forjó el estilo regionalista que determinó la personalidad de la muestra y, por consiguiente, de la nueva Sevilla. «Pero se planteó un problema casi diplomático», advirtió el profesor: «Los países iberoamericanos no tenían ni plateresco ni mudéjar», solo barroco, que de este modo inevitable se convertía en lo que Pleguezuelos denominó «una variedad obligada». Y por si eran pocos estilos, ahí va un cuarto: algunos países, como México o Perú, se esforzaron por dar una imagen de independencia de la metrópoli, y eso pasaba por renunciar a la cerámica, tan española ella, y tirar de indigenismo. Sin embargo, la azulejería trianera fue el gran éxito del momento. Al calor de la Exposición nacieron una veintena de industrias cerámicas en Sevilla. Y si bien México había insistido en marcar sus diferencias, en el bosque de Chepultepec, México DF, se construyó una réplica de la Fuente de las Ranas, una de las piezas más populares. De toda América llueven los pedidos. Mientras, Sevilla se despacha a gusto: la Fuente de los Leones, con su inspiración musulmana y granadina; la Glorieta de Cervantes, copiando en preciosos azulejos las ilustraciones de Jiménez Aranda para la edición del Quijote de 1916; el Pabellón de Guatemala, que se hizo al final casi y sin apenas dinero –el país atravesaba una situación difícil–, y donde se decidió dejarse de carísimos labrados en piedra y optar por unas fachadas planas recubiertas de azulejos. Que lucieron motivos muy guatemaltecos y muy vernáculos, como esos dos grandes aves quetzales, pero que estaban hechos en Triana. Y, entre otros muchos casos que refirió, el curioso caso de la Glorieta de los Toreros, en cuya cerámica «divertidísima» lo mismo aparecen los diestros que las flamencas o un armao de la Macarena. Con una moraleja final: «El Ayuntamiento de Sevilla es sin duda el más rico de Europa en patrimonio cerámico».

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