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Cultura

¿Cómo perdió Sevilla sus Velázquez?

Pese a que pintó bastante antes de irse a Madrid, la capital hispalense tiene muy pocas obras del artista pertenecientes al periodo en el que trabajó aquí.

el 19 oct 2014 / 13:00 h.

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El cuadro de la Vieja friendo huevos acabó en los Países Bajos, donde fue subastado en 1810 para poner rumbo a Inglaterra. Se intentó hacer pasar por obra de Murillo. / El Correo El cuadro de la Vieja friendo huevos acabó en los Países Bajos, donde fue subastado en 1810 para poner rumbo a Inglaterra. Se intentó hacer pasar por obra de Murillo. / El Correo

Es un clásico en el turismo de esta ciudad la sorpresa de los visitantes cuando, al visitar el museo de Bellas Artes, no encuentran casi rastro de Velázquez. El Retrato de Cristóbal Suárez de Ribera es la insuficiente aportación del principal museo de la ciudad, al que siempre se le pone el latiguillo de segunda pinacoteca más importante de España tras El Prado. El Centro Velázquez palía parcialmente este enorme agujero con tres obras del pintor sevillano, una Inmaculada Concepción, la Santa Rufina adquirida hace unos años y la Imposición de la casulla a San Ildefonso, que tiene allí en depósito el Ayuntamiento hispalense, que es el propietario de la obra.

¿Qué ocurrió para que desapareciera la práctica totalidad de la producción velazqueña en Sevilla? Es verdad que el artista, nacido en 1599, emigró muy pronto a Madrid, en 1623, cuando sólo llevaba un lustro como maestro pintor. Pero en esos primeros años su producción no fue escasa, como puede comprobarse por el goteo de obras correspondientes a este periodo desperdigadas por museos de medio mundo.

La respuesta la ha dado esta semana una de las expertas que ha participado en el simposio velazqueño, Veronique Gerard Powell, de la universidad de la Sorbona de París, que ha intervenido con la ponencia titulada precisamente ¿Cómo perdió Sevilla las pinturas del joven Velázquez? Y no, no fueron las tropas napoleónicas con el mariscal Soult al frente las que se encargaron de esta tarea, en contra del criterio de otros investigadores. «Soult no se llevó ninguno porque ya no quedaban», apostilla, como sí había muchos Murillos que se llevó a saco.

A su juicio, la explicación es más sencilla de lo que pueda parecer: la práctica totalidad de la producción del artista de estos años se había vendido y había salido no ya de Sevilla, sino incluso de España. Gerard cifra en una treintena las obras que habría ejecutado el pintor en sus años sevillanos, de las que se lleva un par a Madrid. De toda esta producción (algunos podrían ser de su taller, es decir, no hay garantías de que llevasen su firma) se conservan 19, de los que 12 están fuera de España (cinco de ellos en Inglaterra).

La profesora de la Sorbona señala que la explicación radica en que Velázquez fue un pintor cotizado desde el principio, con clientes habituales en la elite sevillana de la época como el Duque de Alcalá. Después, a finales de los años sesenta del XVII irrumpe un factor «si no nuevo sí mucho más importante que antes en el mercado del arte sevillano»: la llegada a la ciudad de grandes mercaderes holandeses (Joshua van Belle, Nicolas Omazur...) que llevan con ellos el uso de «vivir entre sus cuadros». Con un nivel adquisitivo alto, sus gustos estéticos conectan con las temáticas de aquel primer Velázquez con su inclinación por las escenas de género y los bodegones. «Los cuadros fueron comprados, y muy bien comprados», subraya la experta.

Con el paso de los años, Cádiz arrebata a Sevilla la cabecera del comercio con las Indias, lo que hunde a la capital hispalense y entrona a la gaditana. Algunos holandeses dejan Sevilla de regreso a su tierra, pero otros se asientan en la nueva referencia comercial de España, así que ya tenemos obras desperdigadas por los Países Bajos y por Cádiz, una ciudad en la que hay tres grandes colonias internacionales: franceses, italianos e irlandeses, estos últimos instalados aquí huyendo de las leyes anticatólicas de Guillermo III. Cuando en el XIX las cosas empezaron a ir mal en Cádiz, los irlandeses también desandaron el camino para volver a casa.

Con todo este trasiego son ya numerosos los cuadros de Velázquez fuera de España, incluyendo al menos un par que habrían comprado ciudadanos ingleses de los pocos que quedaban en Sevilla. A partir de ahora, el epicentro pasa a los Países Bajos, ya que allí hay constancia de la venta en subastas de algunas de estas obras, buena parte de las cuales acabará en las islas británicas. Ese fue el itinerario que siguió la Vieja friendo huevos, que se vende en Amsterdam en 1810, revelando la documentación de la casa de subastas un detalle significativo: atribuye el cuadro a Murillo para darle más valor.

Para los cánones del XIX, «el primer Velázquez no gustaba», de ahí que este caso no fuera el único en el que se optara por darle la autoría a Murillo. Será cerca ya del ecuador de este siglo cuando se produzca una cierta reivindicación de Velázquez, pero habrá que aguardar hasta principios del XX para que se produzca una total y definitiva «recuperación para la historia del arte».

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