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Cómo tirar un partido en tres minutos... bis

El Sevilla perdió su tercer partido oficial consecutivo -cuatro si contamos el del Trofeo Antonio Puerta ante el Granada- y, lo que es peor, dejó sintomas de que su enfermedad se está convirtiendo poco a poco en terminal. Lo poquito que demostró el PSG le sirvió para ganar a un equipo que, por momentos, deambuló por el verde del estadio parisino.

el 02 dic 2010 / 23:16 h.

Los jugadores del Sevilla, abatidos.

De alguna manera, el tanto de Webó que daba la victoria al Mallorca hace dos fines de semana avisaba. El sábado, el Getafe llegó en los seis minutos posteriores al descanso cuatro veces y las dos últimas acabaron con gol. Y es que este Sevilla actual es tan impredecible que es capaz de tirar un mismo partido hasta dos ocasiones. Cualquier cosa. Una tanda de goles entre el 16' y el 19' y otra -con descanso de por medio- entre el 44' y el 46' sirvieron al Paris Saint-Germain para dejar en la capital francesa los tres puntos que mereció y para desnudar aún más la falta de espíritu del Sevilla, un equipo tan vacío y hueco como el desolador aspecto que mostraba ayer el Parque de los Príncipes.

Analizar a este equipo y quedarse exclusivamente en los problemas de su centro del campo es ser de lo más benévolo. Cebarse con Romaric es pasar la mano a un grupo de alumnos que ni hace los deberes ni se preocupan por hacerlos. El catálogo de errores del Sevilla de ayer lo protagonizaron todos menos un tal Kanouté que, pese a la mediocridad de los que le rodean, se empeña día a día en no emborronar su trayectoria como jugador emblema de un club que se pierde, como se perdió aquel PSG que se movía por la Recopa de Europa como pez en el agua hace algo más de una década. Quizás sea el espejo donde mirarse.

Ni siquiera Palop, con un error bufonesco en la segunda parte, se salvó de la quema. Aunque viendo a los que le rodean lo suyo queda en anécdota. La falta de sangre -esa que Alves, el frío Poulsen, Adriano o, sobre todo, Javi Navarro insuflaban al equipo de los títulos- se escenificó en los dos primeros goles de los franceses. Nadie defendía. Todos miraban. Hasta Cáceres falló estrepitosamente en el cuarto gol, aunque de traca fue lo de Fernando Navarro, un lateral que sirvió mientras respiraba el aire de una Eurocopa vista desde el banquillo, pero que ahora demuestra porque nunca fue una opción en Barcelona.

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