Cultura

Comparaciones obligadas

La danza debería tener una presencia mucho mayor en las programaciones de los grandes teatros españoles. El Teatro Real deja un hueco en su calendario para estos espectáculos y es muy de agradecer. Víctor Ullate presenta una relectura de ‘El amor brujo’.

el 17 ene 2015 / 08:00 h.

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Imagen-image003rec-copiaweb Por Gabriel Ramírez Lozano La tendencia actual de las compañías de danza es buscar alternativas poniendo y quitando; sumando o restando a las partituras; fragmentando para incluir o arañar. Y eso está muy bien, pero conviene tener cuidado con los originales y, también, con el ideario común que se construye alrededor de una obra. Traspasar esa frontera que divide una lectura curiosa e innovadora y los excesos en la interpretación o en la aritmética que busca esas alternativas a las que me refería es, al menos, peligroso. El espectáculo que ha presentado Víctor Ullate en el Teatro Real de Madrid tira de aritmética y suma tanto que termina restando peligrosamente. Respecto al trabajo que se pudo ver en Sevilla el año 1994, las diferencias son sustanciales. La lectura que hizo Ullate en aquel momento de la obra de Manuel de Falla era atrevida, innovadora. Los añadidos musicales firmados por Luis Delgado eran originales y no molestaban a los más puristas de la platea, puesto que el conjunto era respetuoso con la esencia de la obra. La actual, sin embargo, incorpora excesos que no terminan de funcionar bien. La música del grupo In Slaghter Natives colocada junto a la de Manuel de Falla no aguanta un solo asalto. Eso era algo previsible. Pero la importancia que toma, dada la cantidad de tiempo que el público tiene que aguantar la partitura, no estaba dentro de lo previsto. Lo mismo que nos cuentan desde el foso y sobre el escenario se puede resolver en la mitad de tiempo y con la mitad de esfuerzo por parte de los bailarines y de un público al que se le exige que crea estar viendo El amor brujo cuando, en realidad, durante un buen rato, está viendo otra cosa. Falla desaparece y eso no puede funcionar nunca. Además, la continuidad narrativa queda seriamente perjudicada y despista al espectador. Desde luego, si alguien no conoce la obra tendrá dificultades en entender lo que le cuentan; y los que la conocen se sienten aturdidos intentando explicarse a qué viene esa música tan desconcertante. Dicho esto, y ya que estamos hablando de la aritmética del espectáculo, sería injusto quedarse en el territorio de la resta cuando, en realidad, el trabajo de Ullate y del coreógrafo Eduardo Lao, de sus bailarines, de Estrella Morente y de Josep Vicent dirigiendo la Orquesta Titular del Teatro Real es un intento de construir una enorme suma. Destacan Rubén Olmo y Josué Ullate sobre las tablas. Técnicamente, sobresalientes. El resto de bailarines, tanto ellas como ellos, se mueve con gracia sobre el escenario y todos hacen bien lo que se les dice. Desde luego, calidad no le falta a ninguno de ellos. Vicent muy acertado con la batuta. Cuidadoso con lo que sucedía sobre el escenario y especialmente atento al trabajo de Estrella Morente para conseguir una coordinación casi perfecta. Porque, integrada por completo en el desarrollo de la obra (otra diferencia con la versión anterior), la cantante se entrega sin reservas y logra emocionar con su voz y con su presencia (con ella en el escenario no había espacios por rellenar). La caja escénica se convertía por momentos en un lienzo en el que se reflejaba, con trazo fino, la esencia de la obra de Falla. Por ejemplo, el momento en el que la cantante está acompañada por el magnífico guitarrista Pedro Sierra (este sí que suma de lo lindo), la sala se llena de aromas españoles, de magia gitana. El vestuario está muy cuidado y muy bien diseñado. Algo atemporal y retirado de los tópicos. Aunque no luce del todo por el humo y la penumbra que reina en el escenario. El negro sobre el negro da negro. Lo oscuro sobre lo oscuro da oscuro. Aunque el esfuerzo con la iluminación es muy importante, tanto los tonos de los trajes como algún movimiento en escena quedan casi inéditos. Los espectadores del Teatro Real entendieron bien la propuesta aunque algunos (pocos) se rindieron antes de finalizar la obra. Los que quedaron (casi todos) aplaudieron de forma entusiasta. Sobre todo a Estrella Morente (un dato a tener en cuenta) y, seguramente, intentando olvidar esa música que obligaba a comparar y que estuvo a punto de convertir la aritmética en un arma peligrosa. Argumento. Candelas amó a un gitano. El hombre murió aunque la muchacha piensa que su espectro se sigue encontrando presente. Como en vida, el espíritu del gitano sigue siendo celoso, posesivo. Y la muchacha se obsesiona con esa presencia. Tanto es así que, cuando aparece Carmelo para cortejar a Candelas, la presencia del espectro aterroriza a la muchacha e impide un beso de amor perfecto entre los amantes. Esto provoca que el joven Carmelo se vaya y la muchacha se deprima, que parezca hechizada llegando a sentir que su amor pasado revolotea a su alrededor en forma de murciélagos que anuncian un mal presagio. Carmelo fue amigo del gitano muerto, conoce la debilidad de este frente a las mujeres bellas. Por ello, idea un plan para acabar con la presencia celosa. Pide a Lucía (joven gitana amiga de Candelas) que se deje cortejar por el espectro. Ella accede por cariño a su amiga y por pura curiosidad femenina ya que, a ella misma, ese gitano siempre le pareció lisonjero y galante. Logra desesperar al espectro mientras Carmelo logra convencer de su amor a Candelas. La pareja logra ese beso que derrota al espectro y le hace desaparecer conquistado por el amor. La vida queda por encima de la muerte, del recuerdo de un pasado que no puede resistir la fuerza de la realidad.

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