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Con decencia

Cuando un ser humano se dedica a indagar en su esencia, aunque sea desde lo particular, es decir, desde sí mismo, acaba llegando a la sabiduría máxima.

el 15 sep 2009 / 06:47 h.

Cuando un ser humano se dedica a indagar en su esencia, aunque sea desde lo particular, es decir, desde sí mismo, acaba llegando a la sabiduría máxima, que es la de reconocer que, vaya usted a saber, como el gran Montaigne que dejó dicho un "yo qué sé", que sin duda desmiente su obra, pero que en todo caso acrecienta su enormidad intelectual. Nadie que sabe verdaderamente, se dedica a pontificar y dar respuestas como fórmulas matemáticas. Vivimos tiempos de certezas y de intransigencias sobre las incertidumbres, que tanto y tan sabiamente suelen conducir a las más acertadas soluciones de los problemas. O al menos a acercarse lo más cerca posible, al acierto en las decisiones que lleven a mejorar las situaciones. Y por cierto, nada sirve más a las mejores soluciones de lo general que la decencia particular.

Dejó dicho el mencionado Montaigne, sobre el trabajo y la vida, que a lo que aspiraba era a que la muerte lo encontrara plantando sus coles. La admirable sabiduría de ese ideal, es al mismo tiempo una declaración, queriendo o sin querer, de participación en la buena marcha del orden general de las cosas y de la armonía y la decencia de la vida. La duquesa de Alicia en el País de las Maravillas, aseguraba que si todo el mundo se ocupara de lo suyo, el mundo daría sus vueltas más deprisa. No hace falta que de vueltas más deprisa, el ritmo es el justo; lo que hace falta es que cada cual ande a lo suyo, en paz, con conocimiento, y con decencia. Lo de la decencia siempre es bueno recordarlo, pero más cuando otra vez la corrupción la sobresalta y la traiciona.

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