Toros

Con el viento solano

Eduardo y Antonio Miura lidian sus toros esta tarde después de resultar triunfadores de la Feria de Abril del pasado año

el 19 abr 2014 / 22:24 h.

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La primavera estalla en los campos de Zahariche, esa dehesa centenaria incrustada en la tierra calma de las terrazas fluviales de la ancha campiña. Más allá de Lora, Peñaflor y Palma, serpentea el Guadalquivir y se abre su Vega. En el fondo del cuadro se traza la cinta parda de la sierra. Caminando hacia el sur el valle se cose con la autovía de Madrid y se enpina hacia la otra sierra siguendo el curso del Genil. Pero estas siguen siendo tierras por y para el toro, ajenas a los cambios que el progreso mal entendido ha ido marcando en el paisaje circundante. Las inmensas calaveras de cabestros que marcan la entrada en la carretera de La Campana siguen siendo el señuelo más inquietante de la seriedad que pasta más allá de los hincos. Estamos en las tierras de Miura. El cerrado más próximo a la casa, muy cerca de la placita cuadrada de tientas, ya mostraba a finales de marzo la corrida que se lidiará esta tarde. Se trata de un encierro parejo y cuajado, pero también equilibrado y abierto de capas. Los seis ejemplares que saltarán hoy a la plaza de la Maestranza tienen la difícil papeleta de igualar las altas cotas que se alcanzaron el pasado año en el cierre de la Feria. «Una corrida de ese aire cuesta mucho trabajo juntarla y lidiarla pero tuvimos esa suerte, igual que mi padre –cuarenta y cuatro años antes– echó otra corrida que permitió salir a los tres toreros a hombros junto al mayoral por la Puerta del Príncipe. El año pasado volvió a juntarse todo y sirvió para que un torero –Escribano– cogiera un carril bueno», sentencia Eduardo Miura sabiendo que en el toro casi todos los días  se empieza de cero. Antonio Miura tercia en la conversación. Alude al equilibrio necesario entre el futuro, el presente y el pasado de la histórica ganadería: «No nos podemos quedar estancados pero tampoco podemos renunciar al signo de los tiempos», señala el veterano caballista y criador. «El toro que se lidiaba hace cien años no nos llevaría hoy a ningún lado. Necesitamos un animal que mantenga la emoción y el interés pero al mismo tiempo tiene que servir en la muleta; debe dejar lucirse al torero para que le corte las orejas. Unos con más facilidad y otros con menos pero dando opción al triunfo», precisa el criador advirtiendo que esa adaptación a los tiempos no implica una derrota a las modas más pasajeras: «No queremos que nuestros toros pierdan su sello. Cuando un toro nuestro salta al ruedo la gente tiene que ver su impronta: por su salida, sus inicios…». Eduardo completa esas premisas afirmando que «es algo que llevamos haciendo hace mucho tiempo. Cuando Abuelo y tío Pepe cogieron la ganadería ya estaban inmersos en una transformación para que sirvieran en la muleta. Nuestro padre lidió adaptándose a los nuevos tiempos y echando a la plaza toros excelentes». En esta casa se respira tradición, además de la fidelidad a unos modos adquiridos que han ido pasando de generación en generación, desde que la vacada fuera fundada a mediados en 1842 por Juan Miura.  Esa tradición se puede medir en cifras. «Este año lidiamos la 74 corrida consecutiva», aclara el hermano mayor evocando la figura de don Eduardo. «Papá estuvo 55 años lidiando pero más llamativo es este cambio de fecha. Hemos salido de nuestro domingo de farolillos en el que veníamos lidiando últimamente y este año, por las circunstancias que ya son sabidas, la empresa ha tenido a bien después de consultarnos, cambiar la fecha de la corrida». Ese cambio de día tiene algunos antecedentes recientes. Hace sólo una década, la corrida de Miura tuvo que lidiarse un 12 de octubre después de suspenderse por lluvia con idéntico cartel al que se había previsto para Abril: El Fundi, Padilla y Vilches. Seis años antes, en 1998, la corrida había tenido que ser aplazada a la jornada matinal del antiguo Lunes de Resaca propiciando el sonoro triunfo de Domingo Valderrama –que ese día alcanzó la cima de su carrera– con el recordado toro Zabaleto. Toto Miura recuerda algunas anécdotas respecto a esos aplazamientos forzados por las inclemencias meteorológicas. «A don Diodoro le costaba la misma vida suspender; siempre aplazaba», recuerda el ganadero. «Hubo un año, en 1990,  en el que teníamos que lidiar el 29 de abril. El lunes se daba aún la corrida de Guardiola y el martes se lidió otra corrida de Pablo Romero aprovechando el día festivo». Pero el domingo hubo que suspender por una de esas trombas de agua que saludan la primavera. «Nuestra corrida la mataban José Antonio Campuzano y Manili. La de Guardiola la mataba Manili y en la de Pablo Romero repetía Campuzano. A uno de los dos le tocaba doblar y ya lo tenían claro» rememora Toto recordando que «don Diodoro quería que la corrida se diera el lunes por la mañana para contar con la del martes, en caso de agua». El caso es que los toreros sortearon y tocó el martes: José Antonio Campuzano pechó por la mañana con dos de Miura y por la tarde con dos de Pablo Romero. Pero la referencia al encierro del pasado año es obligada. Un toro, Datilero, fue premiado con los honores de la vuelta al ruedo pero hubo otro ejemplar excelente y emotivo, lidiado en segundo lugar, que supieron ver los viejos aficionados. En ese sentido, Antonio Miura  afirma que ese segundo ejemplar «fue un gran toro». El ganadero lo tiene claro: «No sé si fue mejor que el que recibió la vuelta al ruedo pero sí que se comportó más en bravo. El sexto fue el más noble, dejó estar más a gusto al torero pero tampoco era el tonto que iba y venía; había que estar bien colocado y hacerle las cosas bien. El otro fue mucho más exigente. Los dos nos gustaron. Son dos toros que salen juntos y son complementarios». Aquel día contó con el concurso de un fresco e inspirado Manuel Escribano que salió lanzado de la feria para todas las ferias. Pero a todo el mundo le habría encantando comprobar el estado de forma de El Juli con ese encierro excepcional. «Después de ver como salió la corrida de toros y comprobar el momento en el que se encontraba El Juli –lo pudimos ver el Domingo de Resurrección y el día que fue cogido, sabiendo el riesgo que corría– nos quedó la cosa de saber cómo podía haber solventado la papeleta. Este año se ha apuntado a nuestra corrida en Nimes», sentencia Toto. Eduardo no estuvo aquella tarde en la plaza. Siguiendo la misma costumbre que fidelizó su padre, aguarda el resultado de las corridas en casa. Pero tampoco duda al afirmar que «cuando tu corrida la matan toreros punteros es mejor. Le pueden sacar más partido a los toros. Si están arriba es por algo; no porque se lo regalen. Todo el mundo va de otra manera, y todo sale más rodado: los matadores, las cuadrillas… así se luce más la corrida de toros». En cualquier caso, Eduardo hace un llamamiento a la variedad y la amplitud de horizontes. «Con esas divisiones que hay ahora de toristas, toreristas y esas cosas se ha roto esa línea. Hace 40 años todo el mundo mataba de todo, muchas veces por la satisfacción personal de demostrar su capacidad», sentencia el que fuera presidente de la Unión de Criadores añadiendo que «los valores ahora son otros. El público lo exigía para dar el diploma de figura. La mentalidad era otra». En ese sentido Eduardo evoca la figura de Manolete, «que se despidió de novillero pidiendo una novillada de Miura; la mató en Algeciras. Uno de los motivos era aclarar el escalafón: tenía esa capacidad y el que no estaba a ese nivel suspendía el examen». Antonio comparte la misma línea argumental que su hermano: «Tenemos que apostar por la diversidad. Mientras más abiertos estén los carteles más interés se le ofrece al público. La Sota, caballo y rey de tantas veces roza la monotonía y cansa. Hay que hacer un esfuerzo para ofrecer variedad en el toro y en el toreo». En esa línea, Antonio precisa que es necesario que cada torero «tenga su propia personalidad». De la misma forma, afirma, las ganaderías también deben mantener su propio sello. «Que lo de hoy no sea igual que lo de mañana, sobre en estos tiempos en los que necesitamos dar una motivación especial a los públicos. No se trata de que maten nuestra corrida; se trata de enfrentarse a una serie de hierros que tienen mucho interés para el aficionado», aclara Antonio Miura. Pero todas estas reflexiones no pueden perder de vista el delicado momento que atraviesa la fiesta. «La parte económica es fundamental. Nosotros comemos y vivimos del toro. Nos sacrificamos y nos apretamos el cinturón por el toro y para el toro. Hacemos una vida normal, vivimos aquí, respetamos al toro y le damos la vida, el sitio y el manejo que tiene que tener… pero es verdad que no podríamos hacer esto sin afición al toro, al caballo y al campo. Si salen bien las cosas no hay que creérselo y cuando salen mal no desesperar, preguntarte que ha podido salir mal, bucear en los libros. Mi padre decía que cuanto más tiempo llevaba en esto menos sabía…»

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