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Con la miel en los labios

el 15 sep 2009 / 02:01 h.

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Los nubarrones negros en la Gran Plaza sólo presagiaban una cosa: agua. La primera decisión fue la de sacar la cofradía a la calle, pero la lluvia que mojaba a los siete tramos que buscaban Eduardo Dato y los nuevos pronósticos que manejaba la hermandad hicieron que el cortejo diera media vuelta.

Sus palabras servían de lazarillo y cuasi de pronóstico amargo para el resto de las hermandades del Miércoles Santo: "Hermanos, todo el trabajo que realizamos a lo largo del año no se podrá ver hoy en la calle [llora]. Os pido perdón si en algún momento la hermandad se ha visto perjudicada". La voz entrecortada del hermano mayor, Francisco Javier Escudero, era interrumpida por el aplauso de los cerca de 1.700 miembros, entre nazarenos y hermanos, que componen la cofradía y que se encontraban en la parroquia de la Concepción.

Treinta minutos más tarde de la hora prevista para la salida, los siete tramos que se encontraban en la calle emprendían el camino de regreso. La cruz de guía, a la altura del Hospital San Juan de Dios, daba media vuelta. En la puerta, el cuerpo de acólitos perfumaba el ambiente triste que se respiraba en los miles de vecinos del barrio de Nervión que no cesaban de mirar hacia el cielo. La lluvia era menuda, pero los primeros paraguas se abrían tímidamente, por respeto al cuerpo de nazarenos. Las persianas verdes enrolladas estéticamente hasta el momento, en el balcón frente a la parroquia, se desprendían de sus lazos para evitar que las ventanas se mojaran. Todo eran señales de lo augurado por los pronósticos. Sin embargo, este agrio sentimiento contrastaba con los sones que interpretaba la banda de El Carmen de Su Eminencia que, al estrenarse por primera vez en la Semana Santa de Sevilla, tocaban sus instrumentos con más fuerza, si cabe, en Eduardo Dato.

Las ruedas que protegían los zancos del paso del Crucificado, se habían quitado para que los costaleros pudieran efectuar la primera levantá. "Este primer toque del martillo quiero que sea por la valiente decisión de la junta de gobierno", apuntaba Sergio Rodríguez, capataz del paso, que todavía no conocía la decisión de que la cruz de guía buscaba su casa para guarecerse del agua. Los penitentes apoyados en sus cruces observaban cómo los tramos de Virgen que estaban formados en el instituto Martínez Montañés, al lado de la iglesia, iban entrando en el templo con lágrimas en los ojos.

No había tregua en la lluvia continuada y cada vez más persistente en los alrededores de la Gran Plaza. Pero nadie se movía. "Soy vecina del barrio y he visto cómo se hacía una hermandad. Si ellos se mojan, yo también". Las insignias protegidas con plásticos iban entrando ordenadamente. "No me lo puedo creer, se ha llevado sin llover todo el invierno y tenemos que mojarnos nosotros", apostillaba con resignación un auxiliar de la cofradía.

"Las decisiones en días de lluvia siempre son acertadas a toro pasado, pero con los últimos datos de probabilidades, hemos decidido volvernos", sentenciaba Escudero, más calmado.

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