Cultura

“Con los años, uno descubre que también puede ser decepcionante”

El escritor José María Conget vuelve al relato con ‘La mujer que vigila los Vermeer’.

el 24 jun 2013 / 00:00 h.

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Si hay alguien que se ajuste a la consideración de escritor de culto, ése es José María Conget. Autor de una obra lenta y elaborada, siempre fuera del foco mediático, este zaragozano de 1948 acaba de añadir un nuevo título a su bibliografía, venerada por muchos dentro y fuera de su tierra: La mujer que vigila los Vermeer (Pre-textos) supone su retorno al relato, género en el que ha dado quizá lo mejor de su escritura. No obstante, a diferencia de algunos títulos anteriores, éste tiene menos humor, aunque la crisis no tiene toda la culpa. “Aquí el humor está más soterrado, tal vez por una serie de circunstancias personales, y porque te haces mayor, y ves más muertes alrededor. Se me han ido familiares, amigos, gente como Labordeta o Félix Romeo, y cuando miras tu agenda no puedes evitar caer en cierta melancolía”, explica. “También puede que haya una decepción general del mundo en que vivimos, viendo la situación lamentable del país y de Europa. Y también descubres que uno también puede ser un poco decepcionante. De niño quería ser pirata, vagabundo, buscador de tesoros, tenía una idea heroica del futuro que perdí en la adolescencia. Luego fui un angry young man, pero tenía una idea noble de mí. A mi edad, lo de la nobleza es una chorrada, y es fácil incurrir en cosas que nunca pensaste”, agrega. CONGET Conget, un aragonés cosmopolita hecho a las calles de Sevilla (A. Acedo). Esa sutil pesadumbre sobrevuela los relatos de La mujer que vigila los Vermeer, pero también están presentes en el volumen las obsesiones conocidas del escritor: las ciudades en las que ha vivido –Londres, Nueva York, París, Lima y Cádiz se cuentan en su periplo vital, antes de instalarse en Sevilla hace unos años–, el gusto por los cómics y el cine –acude casi a diario a las salas–, la complejidad de las emociones humanas y el mundo cerrado de las universidades y las academias, a las que satiriza sin compasión. ¿Cuenta su vida Conget en sus relatos, los disfraza? “Las historias surgen de qué sé yo, a veces de una imagen, a veces de la envidia de la vida ajena... Alguien diría que miento cuando escribo, aunque yo no soy consciente de ello. A veces, como en el relato El impostor, están en la cabeza de uno toda la vida, hasta que piden saltar al papel. Lo cierto es que no voy a escribir nunca mis memorias, considero que están desperdigadas y camufladas en mis libros”, dice. Cuando se le pregunta cómo es su relación con los personajes de sus historias, no duda: “Tiendo a ser más comprensivo y tierno con las mujeres. Los personajes masculinos están más agilipollados. Me hubiera gustado tener una mirada más compasiva con todos, porque mis modelos son Cervantes, Dostoievski, Galdós, Tólstoi... Pero algunos salen antipáticos desde el principio”, asegura. La que no aparece en este libro –en otros anteriores sí– es la ciudad de Sevilla. “Las ciudades no son intercambiables, nunca he podido escribir sobre ciudades que no haya respirado”, dice. “En el caso de Sevilla, necesito que los recuerdos se sedimenten, preciso un poco de distancia para escribir sobre ella. Recuerdo que incluso salió en una de mis novelas, antes de que mi mujer y yo nos viniéramos a vivir aquí. Había un personaje que venía a Sevilla y le robaban la cartera, como luego me ocurrió a mí”, apostilla Conget sonriente.

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