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Conciencia ante la crisis

Cada vez que un peligro difuso se cierne sobre nuestras cabezas, tendemos a conjurarlo con un cambio mental; la amenaza inconcreta nos hace ser cautos, prudentes y previsores.

el 15 sep 2009 / 06:07 h.

Cada vez que un peligro difuso se cierne sobre nuestras cabezas, tendemos a conjurarlo con un cambio mental; la amenaza inconcreta nos hace ser cautos, prudentes y previsores. Y eso es lo que ha sucedido ante la tormenta originada por el anuncio de huelga internacional en el transporte, la pesca y algunos otros sectores afectados por la subida de los carburantes en el mundo (anuncio que ayer ha pasado a ser realidad): el desasosiego, como ya ocurrió otras veces, ha producido una auténtica y masiva movilización. Desde el Aljarafe a la autovía de Madrid y desde Dos Hermanas a la Rinconada miles de personas tomaron apresurada, incluso vertiginosamente, el camino del hipermercado o de la gasolinera.

Convencidos de la inminencia de un posible desastre optamos el viernes o el sábado por la racionalidad: el acaparamiento de víveres o el lleno acelerado del depósito del coche aunque tuviéramos que soportar colas desusadas; por suerte nos dimos cuenta de la raya que podíamos traspasar y pusimos en marcha medios para evitarlo, para que no nos alcanzaran sus consecuencias. El domingo por la tarde esas decisiones nos habían salvado y estábamos ya tranquilos. Tanto que ayer por la mañana el transporte público circulaba como todos los días entre semilleno y semivacío mientras los coches con una sola persona en su interior -como todos los días- seguían siendo decenas de miles.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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