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Concienciar sin dar la charla

La mediación penal enfrente al menor infractor con los efectos de su acción

el 28 ago 2010 / 18:48 h.

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La mayoría de los infractores que se someten a la mediación tienen entre 14 y 16 años.

Si un menor roba en unos grandes almacenes, probablemente escuche la charla de sus padres, el educador social y hasta el juez como el que oye llover. Pensará que no pasa nada por quitar una camiseta a una gran empresa cuyo propietario es millonario. Pero si al infractor se le pone delante a un empleado de esos grandes almacenes y éste le cuenta que el índice de hurtos en la tienda puede hacer peligrar su empleo, la cosa cambia. Por mucho que se riña a un joven cada vez que no se pone el casco para ir en moto o se le amenace con multas que, al final, pagará su padre, nada tendrá tanto efecto como hacerle acompañar en el hospital a pacientes ingresados por accidentes de tráfico.

Ésta es la premisa del programa de mediación con menores infractores: que más que el castigo, lo que surte efecto es que el menor tome conciencia de las consecuencias de sus actos, se ponga en el lugar de la víctima y, una vez arrepentido, sea él mismo quien proponga cómo reparar el daño.El año pasado, se realizaron en Andalucía 1.821 mediaciones penales con menores infractores. La mayoría tenía entre 14 y 16 años, procedían de entornos normalizados y era su primera vez. En atención a su perfil y al tipo de infracción -generalmente de tráfico, hurtos o lesiones sin violencia grave-, es el fiscal de menores quien recomienda esta vía, que el menor debe aceptar voluntariamente.

En el 71% de los casos, el asunto se resolvió sin llegar a juicio, según datos de la Consejería de Gobernación y Justicia. Alicia Morón y Valle Medina forman parte de los equipos de mediación de Sevilla y Granada, respectivamente, que gestionan las organizaciones Alternativa Abierta y Imeris. En Andalucía hay ocho y trabajan en ellos 24 profesionales de Psicología, Educación Social, Pedagogía o Derecho con formación específica para el programa.Aunque los menores llegan derivados de la Fiscalía, estos equipos realizan otro filtro porque "muchos se apuntan para librarse", reconoce Valle Medina.

Sin embargo, aunque su primera motivación no sea el propósito de enmienda, "cuando se les obliga a pensar en cómo lo han vivido, cómo se sentirían ellos, qué consecuencias creen que han tenido sus actos y cómo lo solucionarían, muchos caen de verdad en lo que han hecho, porque en la mayoría de los casos han sido actos impulsivos o por la presión social del grupo", explica Alicia Morón. "El cara a cara con la víctima es lo que da mejores resultados", subraya Valle Medina.


miedo o desconfianza. Que el menor reconozca los hechos y esté dispuesto a pedir perdón no siempre se consigue en la primera entrevista. "Muchos no saben si fiarse del mediador, o tienen miedo a reconocer los hechos porque se los han negado a los padres desde el principio", relata Morón. En el extremo contrario, "los hay que vienen muy tensos y no paran de llorar. No todos tienen la picaresca que imaginamos".


Pero lo que más llama su atención es ver que "nadie les va a decir lo que tienen que hacer sino que ellos son los protagonistas y quienes van a proponer una solución", explica Morón. De ahí la importancia de que infractor y víctima participen de manera voluntaria ya que el mediador se limita a sacarles qué está dispuesto a ofrecer el menor para reparar el daño y con qué se daría por satisfecha la víctima y a partir de ahí ponerlos en contacto para que intenten alcanzar un acuerdo.


Reconocen que al infractor le resulta más fácil cuando hay daños materiales: por ejemplo, si han pintado un graffiti se ofrecen a limpiarlo. Pero hay casos más complejos, como las agresiones a compañeros de colegio o profesores o las vejaciones por internet, donde normalmente la víctima busca una disculpa pública. Y, de hecho, todo suele solucionarse con pedir perdón.

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