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Concierto para xilófagos

Arrastrado por la galerna hasta un islote seco y cubierto de la calle Sebastián Elcano a eso de las cuatro, resultó hallarse ya en él otro náufrago, japonés tal vez (o bien le pesaba mucho la mochila), al cual, por desconocimiento de su dialecto, resolví llamar Jueves en honor del día.

el 15 sep 2009 / 02:05 h.

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Arrastrado por la galerna hasta un islote seco y cubierto de la calle Sebastián Elcano a eso de las cuatro, resultó hallarse ya en él otro náufrago, japonés tal vez (o bien le pesaba mucho la mochila), al cual, por desconocimiento de su dialecto, resolví llamar Jueves en honor del día. O Jueves San, que en su idioma significa Señor Jueves.

Antes de que un servidor encontrase el modo de preguntarle por señas si llevaba algo encima que pudiera usarse para confeccionar una almadía, Jueves San se escabulló a saltos de garza hacia Cabo de Hornos. Se perdió de ese modo el insólito y tristísimo espectáculo, poco después, de ver disolverse una cofradía con el sol fuera. Porque cuando llueve a mares uno va y dice: Pos mira, está lloviendo. Pero cuando la tempestad se repliega y aparece un ángel sobre un arco iris con una especie de bufanda del Madrid anunciando una nueva alianza entre Dios y los hombres, entonces la pena es espantosamente inconsolable. Pero hubo consuelo, húbolo.

Por alguna especie de instinto heredado de cuando éramos anfibios, la gente sabía que la situación iba a arreglarse: la Catedral repicando y hasta arriba de sevillanos; el público paseándose bonito por todas las calles posibles, muchas de ellas abarrotadas; las adivinas de la Avenida pronosticándoles muchachos morenos a las niñas de mantilla... Por un momento pareció que se reavivaba la tormenta, pero resultó ser una falsa alarma: era un grupito de alemanes que venían detrás, charlando animadamente.

Delante de la Macarena ya había, a las cinco y media de la tarde, unas cuantas muchachas cogiendo sitio para ver la salida (que nadie se extrañe por tanta antelación, pues cuando vino el Papa había cientos de fieles haciendo noche en el campo de la Feria para esperarlo. Y era el Papa, no la Macarena). Otra estampa de la animación: en Ponce de León, rebosante de nazarenos con capirotes morados buscando taxi, un jovenzuelo le silbaba a su chati Alma de Dios y luego intentaba explicarle que lo que le pone a uno los vellos de punta de esa marcha es el momento en que se ponen a sonar los xilófagos. Servidor no se quedó a terminar de escuchar su exposición de motivos, pero es probable que el experto se refiriera a ciertos instrumentos musicales de madera carcomida, actualmente en restauración en los talleres del IAPH.

Tanta emoción, tanta había, que las primeras insignias de Pasión en la calle fueron recibidas con diez millones de flashes de las cámaras digitales. Había que inmortalizar el momento, sí, pero cuidado: la otra noche, volviendo ya Los Estudiantes a oscuritas por los jardines del Rectorado, uno se puso a hacer fotos a quemarropa a los penitentes. ¿"Se ha disparado el flash? ¿Se ha disparado?", le preguntaba a su colega, y en la foto salía un manchurrón blanco con dos ojos como los de Schwarzenegger en Desafío Total. De hecho, dicen las malas lenguas que hasta anoche no encontró el Cecop al último de los penitentes deslumbrados, que por lo visto andaba por los alrededores de la Torre de Don Fadrique. Es peligroso, y por demás feo, romper la magia cofradiera con ráfagas de fotos tontas que luego nadie ve. Pero no era día ayer para despotricar, sino para ser tolerantes ante las mil manifestaciones populares con las que los sevillanos se reencontraban, como suele decirse en los pregones, con sus cofradías más queridas.

Y hablando de cámaras: Zona videovigilada, dice una señal del Ayuntamiento delante mismo de la Campana, bajando por Laraña. No hay más que poner la tele para comprobarlo. Y otra de carteles escritos por alumnos de 3o de Metafísica: Bocadillos para llevar. Palabrita que se ve en un cartelón en una cafetería de la calle Imagen.

Se deshizo el miedo, al fin, desvaído junto a las nubes que se perdían camino de Canarias, dicen que para no volver. Sevilla y el extranjero salieron de paseo por el Casco Histórico hispalense y la tarde cayó llena de levantás y de cornetazos; de islotes perdidos que dejaban de serlo conforme se secaban las aceras y retrocedía la mar océana; de pasos que salían a rescatar todas las esperanzas del aguacero, como almadías. Salió la Luna. Jueves San no volvió a aparecer ni se le esperaba, a decir verdad, y la noche se descubrió tan emocionante y sobrecogedora que diríase que se habían puesto a sonar en concierto todos los xilófagos del mundo, en plan We are the World. Esto tiene toda la pinta de no haber hecho más que empezar.

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