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Confianza e histeria

Por si aún queda alguien que no se haya dado cuenta, el objetivo de todos los gobiernos frente a la crisis financiera está siendo insuflar en el mercado la mercancía que más se echa de menos: no tanto el dinero a palo seco sino la confianza que permite a este circular y materializarse en inversiones productivas.

el 15 sep 2009 / 16:30 h.

Por si aún queda alguien que no se haya dado cuenta, el objetivo de todos los gobiernos frente a la crisis financiera está siendo insuflar en el mercado la mercancía que más se echa de menos: no tanto el dinero a palo seco sino la confianza que permite a este circular y materializarse en inversiones productivas.

La idea del mismo plan Bush-Paulson es localizar esa cura de confianza en el núcleo de las relaciones generadoras de medios de pago, esto es, en las relaciones entre grandes bancos, apostando por desintoxicarlos de su atracón de viento especulativo y que eso los saque de su parálisis prestamista (una seminacionalización con lo peor de ambos mundos). La apuesta europea parece más bien dirigida a afianzar la credibilidad del sistema con fuertes garantías para los ahorradores de a pie.

En suma, el proveedor último de esa confianza imprescindible es el gobierno. Ahora bien, su aporte se verá diluido si el resto de las instituciones del país (empresas financieras y no financieras, sindicatos, etc.) reman en dirección contraria. En el caso de España, a día de hoy, el gobierno no está recibiendo un excesivo apoyo desde esa dirección, quizá porque se prefiere especular con el valor legitimador del espaldarazo.

Por otra parte, la confianza económica en sí tampoco se muestra demasiado fácil de cortejar, y muchas veces lo más que se puede hacer es no empeorarla. Especialmente, una vez que tenemos el miedo metido en el cuerpo. Entonces parece claro que todas aquellas actividades y manifestaciones que tengan como efecto el poner en duda la solidez institucional serán como combustible que se arroja sobre la hoguera, un acelerador de los procesos de crisis. Y éste es el peligroso ejercicio al que se está dedicando la oposición en su empeño por adjudicarle al ejecutivo la plena responsabilidad de la mala situación económica, empleando su patentada habilidad para crear un caso allí donde no lo hay.

Esa fijación irrazonable, esa necesidad de montar una escena trágica con cada nuevo dato, ese cargar de emociones y de lenguaje excesivo cada comparecencia no ayuda a nadie, probablemente ni a ellos. La oposición ganaría crédito haciendo diagnósticos más mesurados: por ejemplo, admitiendo que los especuladores financieros e inmobiliarios tienen bastante que ver en lo que está ocurriendo a nivel mundial.

Zapatero y los socialistas no pueden tener toda la culpa por razones elementales: ni ellos ni quienes les votan se caracterizan por estar presentes en la cúpula del mundo financiero e inmobiliario, tanto europeo como americano. ¿Son culpables, en todo caso, de no tomar espectaculares medidas anti-crisis? Pues depende, la hiperactividad no transmite necesariamente resolución: miren no más los catastróficos (estos sí) efectos que tuvo la fantasmal reunión del grupito de países grandes de la UE hace una semana, donde se consagró el tranquilizador sálvese-quien-pueda. Sin embargo, la actuación fulminante del gobierno este martes sí ha producido un efecto de alivio que ha concitado apoyo (casi) unánime.

Por terminar, mi patriótica propuesta a la oposición es que, primero, se crean lo justo su propia explicación de la crisis y, segundo, modulen sus ataques, de manera que estos no impliquen crear dudas sobre la estabilidad estructural de la economía española. Se puede hacer una enmienda a la totalidad de los presupuestos pero no una enmienda a la totalidad de la economía.

Catedrático de Hacienda Pública

jsanchezm@uma.es

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