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Coordinación frente a la crisis

Cada vez parece más claro que el surgimiento y éxito del concepto de globalización no es fruto de una moda. La repercusión e influencia a nivel mundial de las operaciones empresariales durante los dos últimos decenios no se han limitado a intensificarse. A la par de ello se ha generado un cambio radical de unas reglas de juego que quedaron fijadas...

el 15 sep 2009 / 10:50 h.

Cada vez parece más claro que el surgimiento y éxito del concepto de globalización no es fruto de una moda. La repercusión e influencia a nivel mundial de las operaciones empresariales durante los dos últimos decenios no se han limitado a intensificarse. A la par de ello se ha generado un cambio radical de unas reglas de juego que quedaron fijadas en sus rasgos elementales a mediados del siglo XIX con la consolidación de los Estados-nación.

Así pues, el mundo ha pasado de ser meramente internacional, con fronteras nacionales que separaban realidades y relaciones socioeconómicas singulares, a ser global. Esto significa que los Estados, por más que sigan existiendo, ven recortada en buena medida su autonomía efectiva a causa de las actuaciones de intereses empresariales que obedecen a estrategias propias y que, en especial, fuerzan una competencia a nivel mundial.

En el contexto descrito, la misma mutua influencia de unas economías nacionales sobre otras ha experimentado un salto cualitativo de un modo tal que los ciclos económicos afectan, tal y como podemos comprobar en estos días, de manera sincronizada al conjunto de los países: ya no hay excepciones ni exotismos en el campo económico. Esta manera de producirse las cosas afecta de manera brutal a la capacidad de respuesta de los estados, y no sólo a los más pequeños, en los periodos de turbulencias económicas. Se trata de una lección que estamos aprendiendo de manera dura.

El mismo desconcierto de los aparatos y responsables gubernamentales frente a esta primera gran crisis de la economía globalizada (como prueba, la hiperactividad americana y pasividad europea) es comprensible: hasta hace bien poco creían tener un cuadro de obligaciones razonablemente bien definido al que hacer frente con unos ingresos públicos que siempre venían cortos. Las diferentes opciones políticas se definían, entonces, por la manera de hacer este encaje. La nueva realidad matiza necesariamente el marco de las políticas públicas y hace que las medidas tradicionales queden vacías, o sean contraproducentes, si no cuentan con coordinación a nivel internacional.

Ahí tenemos el caso de los bienes públicos globales, como los satélites de comunicación, susceptibles de ser disfrutados, y financiados, por todos los habitantes del planeta. O bien la defensa nacional, inefectiva y despistada frente a las nuevas amenazas. También es el caso de la lucha contra la inmigración ilegal, que no es operativa salvo coordinación con los estados emisores.

Lo ideal sería, por tanto, que en el ámbito de la política económica este mensaje se dejara oír. Esto es, tener claro cuál es el margen real de los gobiernos si pensamos que, por un lado, la política monetaria dejó de ser una competencia de los ejecutivos (y no parece mala idea que siga siendo así); por otro lado, las políticas fiscales tienen sus propios límites estatutarios en el caso europeo (y también parece deseable). Por último, debe pensarse que nuevos fenómenos como los fondos soberanos de riqueza o la inflación de materias primas no pueden tratar de embridarse más que con una regulación internacional.

En suma, la condición necesaria que deben cumplir cada uno de los gobiernos europeos para contribuir a la salida de una crisis es actuar de manera ordenada y común a partir de un diagnóstico consensuado, cuando menos a nivel de la UE.

Catedrático de Hacienda Pública

jsanchezm@uma.es

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