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Corrupción y alergia

Hace unas pocas noches, en Buenos Aires, disfruté de una apasionante cena con buenos amigos en el domicilio de un conocido intelectual argentino.

el 16 sep 2009 / 07:42 h.

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Hace unas pocas noches, en Buenos Aires, disfruté de una apasionante cena con buenos amigos en el domicilio de un conocido intelectual argentino. En la conversación se habló de los perversos efectos, para una nación, de acostumbrarse a distinguir entre corrupción, con mayúsculas, y las corruptelas de políticos y funcionarios. También se reflexionó, hablando de corrupción, sobre el peligro de la resignación colectiva, de la ineficacia de la denuncia, de la gratuidad de la mentira pública, de la falta de correspondencia entre voto y ética. También de las luchas entre políticos, en medio de la indiferencia de una mayoría que sobrevive a pesar de las instituciones.

Se han alternado en nuestro país, en las últimas semanas, las detenciones de cargos públicos con infundadas acusaciones de malvados complots gubernamentales. John Le Carré decía que en un país donde no funcionaba la sanidad, los trenes llegaban con retraso y el gobierno no sabía si era de izquierdas o de derechas, era difícil imaginar que la sección administrativa de secretos varios funcionase correctamente. En nuestro caso, aunque gozamos de una sanidad pública más que aceptable, disponemos de una educación que deja bastante que desear y una economía con graves problemas. Un panorama complicado, que invita a pensar en la escasa probabilidad de tener entretenidos a todo un Gobierno, a numerosos recursos de la policía y de la judicatura, con el espionaje de concejales por simple cálculo electoral.

Esta teoría de la conspiración es tan débil que no requiere demasiada consideración. Pero por desgracia, la impactante estadística de casos de corrupción investigados en tan escaso periodo de tiempo, está minando el debate entre oposición y Gobierno, en forma de acusaciones y desmentidos de complots. El problema radica, unos por mantener una raquítica ventaja en las encuestas y otros por cierto agarrotamiento institucional, en una distracción imperdonable de las necesarias reformas institucionales sobre este asunto. Parece más rentable una buena bronca, que calcular los efectos de tanta sospecha sobre las instituciones públicas y sus responsables.

Una directiva comunitaria y su correspondiente propuesta de transposición a la legislación española, sobre blanqueo de capitales, han consagrado el principio de que vivimos en el país europeo con los dirigentes públicos más susceptibles de cometer este tipo de delitos. Pero parece que este tipo de señales son irrelevantes, aquí nos conformamos con la refriega partidaria y con conjuras infundadas.

Es peligrosa tanta ceguera colectiva. Ese acostumbrarse a soportar, a discutir y a apasionarse sobre las falsas explicaciones, las interesadas cortinas de humo o sobre los impresentables matices de donde empieza o acaba la ética del cargo público. La magnitud de esta maldita estadística indica que estamos ante un verdadero problema institucional, el de padecer un modelo de hacer política que se muestra excesivamente alérgico a hablar en serio de Política.

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